María Escarnio. Mis paranoias fondistas

En mi casa, cuando sale esta señora cambian de canal. No es por no aguantarle a ella, no creáis, es por no aguantarme a mí.

Parece que el otro día, en la ceremonia de apertura de los Juegos de Londres, metió la pata un par de veces, según leo hoy en el periódico. No vi la ceremonia y, según todo el mundo, me perdí un espectáculo fabuloso. La verdad, me da exactamente igual. No soporto esas coreografías grandilocuentes de decenas de niños transportando banderas que se convierten en palomas que vuelan dibujando círculos de colores como los anillos olímpicos mientras suena una versión sinfónica de “Carros de fuego”. Por cierto, empiezo a estar hasta los huevos de escuchar esa musiquilla cada vez que los nadadores suben al pódium. No, no, a mí lo que me gusta de unos juegos olímpicos es ver a los atletas haciendo lo que saben: saltar, correr, remar, luchar o dar vueltas de campana por el aire, y ver cómo lo hacen los mejores atletas del mundo y, sobre todo, con la máxima motivación. Así que, las ceremonias me parecen, sencillamente, un coñazo.

María Escario, veterana y curtida periodista, se debió de confundir en algunos aspectos intrascendentes del transcurso de la fiesta y eso ha debido de dar pábulo a un torrente de comentarios jocosos en la red que, ya se sabe, es como un gran charco de gasolina, ávido de que alguien deje caer una chispa para montar un incendio mediático, generalmente tan ardoroso como fugaz. Alguien sale en su defensa y aduce que es difícil estar cuatro horas hablando en directo sin meter el zancarrón, ¿en serio que el espectáculo duró cuatro horas?

Es posible que quien así argumenta tenga algo de razón, no lo sé. Sin embargo, lo que una María Escario mucho más joven dijo en los juegos de invierno de Nagano hace catorce años, no fue fruto de la improvisación o el cansancio.

En español, escarnio es el comentario humillante que se hace con la intención de herir y ofender. María añadió una n a su apellido cuando un mediodía de invierno en 1998 dijo a todos los españoles, a través del informativo de TVE, haciendo uso del poder demoledor de la palabra desde su tribuna privilegiada, que el equipo de esquí de fondo español debería replantearse acudir a unos juegos olímpicos para hacer ese papel.

Según ella, y muchos como ella, solo podía haber lugar para gente como Miguel Indurain (oro en 1996). Aunque fueran profesionales aburridos de ganar. O para los Juanito Muhleg, que sí que eran verdaderos esquiadores de fondo, además de verdaderos españoles.

No sé si María Escario conocía la realidad del esquí de fondo en España, ni de lo que ocurrió de verdad en Nagano. Lo dudo. Tampoco sé si el comentario fue una ocurrencia suya o se lo había escrito alguien en el guion. Lo que sí sé es que hirió y ofendió. Por lo cruel para unos deportistas que ponían todo su empeño en la tarea (entre ellos, el mejor esquiador de fondo de la historia de este país) y porque dejaba a la vista la visión tercermundista  que algunos tenían, y siguen teniendo, del deporte.

Desde aquel día, en mi universo paranoico de humillados y ofendidos, esta periodista pasó a llamarse María Escarnio.

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