Manolín pillado por sorpresa

em04vHace unas semanas estuve en Madrid pasando unos días. Cuando le dije a mi amigo Rafa Doménech que iba para allá, además de invitarnos a cenar en su casa en compañía de Elisa, Cristina, Pedro, Chabela, Carlos y Paloma, disfrutando de una agradable velada montañera, me dijo: “Echa los pies de gato al maletero, que igual hacemos algo una tarde”.

em01vAsí, inesperadamente, casi por sorpresa, me llevó al Pico de la Miel, en la sierra de La Cabrera, ese que, cuando bajamos a Madrid, bien pasado Somosierra, todos los escaladores miramos torciendo el cuello a la derecha para imaginar las rutas más o menos evidentes que deben surcar su vertiente sur.

Fue antes de que empezara a apretar “la caló”, en una tarde de brisa agradable nos acercamos hasta la base del Espolón Manolín. Una preciosa vía de granito compacto y franco, con un poco de todo: magníficas fisuras, alguna placa de adherencia, un precioso muro vertical lleno de buenos agarres y hasta un bonito techo de salida con canto. Seis largos, la medida perfecta para una bonita tarde que rompía el ritmo de unas vacaciones urbanas con un poco del aire vivificante de la sierra, una sierra que lucía espléndida, verde y con los embalses a rebosar a nuestros pies, después de un invierno y una primavera excepcionalmente lluviosos.

em03vDuchado y recompuesto, a las nueve de la noche estaba puntual en el lugar de la cita para seguir con el plan familiar de dar cuenta de nuevo de la gastronomía castiza madrileña, que nunca me defrauda: gallinejas y entresijos en Embajadores, con un par de cervezas y el recuerdo del tacto áspero del granito todavía en mis manos.

Dormí de lujo esa noche, Rafa, ¡Gracias por el regalo!

 

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Relleno de chocolate

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Llegas a la cima trepando sobre la caliza que forma este baluarte de la blanca muralla de la sierra de los Alanos. Un paisaje espectacular desde que lo avistas desde el puerto de los Navarros hasta que alcanzas este punto, no el más alto, pero sí el más esbelto, que es el Achar de Alano.

Y te encuentras un bote de hierro oxidado que señala la obviedad de que estás en la cumbre. Las nubes reptan por el norte, arrastrándose sobre las laderas desde el llano. Al sur extensiones luminosas de verde y azul. Algunos neveros adornan las últimas pendientes del Peña Forca.

Para llegar aquí hay que trepar, como digo, el último contrafuerte rocoso, apenas unos pocos metros, tras dos horitas de marcha desde el Llano de Tacheras, o hay que trepar un poco más si se escala su vertiente norte. Y cuando llegas, te encuentras con un bote metálico montado sobre un pedestal. Y cuando abres el bote (no seré yo quien lo toque), ¿qué encontrarás?: basura.

Es como un bizcocho de chocolate, relleno de… chocolate.

Pero en cutre.

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Dibujar con fuego

Trofeo2018

Mientras los martillazos resuenan al fondo del pabellón y una sierra arranca un aullido estruendoso a la plancha de acero, Iñigo, ajeno a todo ese barullo industrial  que lo rodea, saca de la carpeta un dibujo con la silueta de unas montañas. “Este año toca los Alpes”, me dice, mientras extiende el papel sobre un retal de acero Corten. Fija la plancha sobre dos caballetes y prepara el soplete láser. La atmósfera se llena de chispas y la lengua de fuego derrite el metal como si fuera mantequilla: Aiguille Verte, Grépon, Charmoz, Blaitière, Aiguille du Plan, du Midi, Tacul, Maudit, Mont Blanc…

Cada año, Iñigo Aristegui dibuja para nosotros una cordillera, siempre distinta, utilizando los mismos ingredientes telúricos que gestaron las montañas de verdad: fuego, chispas y hierro fundido.

Somos raros los humanos, capaces de ver en la figura de este hombre en la penumbra, concentrado sobre el metal abrasador que estalla derramando la luz que escondía en su materia, un acto que conecte con la silueta luminosa de aquellas lejanas montañas y ese otro hombre que se afana en ascenderlas.

Me gusta ver trabajar a Iñigo. Los martillazos, las chispas, el esfuerzo físico, el ruido… conectan la creación artística con esa otra labor industrial del artesano. En ese taller atestado de máquinas, de pedazos de planchas metálicas apiladas o tiradas por el suelo, de viruta de acero y varillas apoyadas contra la pared, confluyen los dos universos, en apariencia opuestos, que se funden para hacernos humanos, lo pragmático y lo hipotético. El viaje de lo físico a lo metafísico está en esa mirada absorta del artista.

Soy nieto de artesanos y siempre he sentido una fascinación enorme por el acto de convertir la naturaleza cruda en objeto, en instrumento, creo que no hay nada más humano… bueno, sí: elevarlo a la categoría de arte.

Una vez recortada la silueta, el artista golpea la pieza sobre el yunque para poder deformarla y arquearla sobre sí misma hasta cerrar una corona. Luego de unirla, dibuja con soldadura de plata los perfiles de los picos nevados, de las laderas heladas, de los glaciares agrietados y, finalmente, tras enriquecer la superficie con la belleza del óxido, apoya la pieza sobre el taco de roble que sostendrá la corona, simbolizando los bosques sobre los que se alza la montaña.

IMG-4165Iñigo une a su profundo sentido artístico, un gozoso sentido del humor. El año pasado, mientras hacía la corona, aquella vez representando las Montañas Rocosas, me envió esta foto. “No me mandes esto que igual lo publico”, le dije. “Para eso te lo envío”, fue su respuesta.

¡Pedazo de artista!

Las coronas son el trofeo que distingue al ganador de nuestro concurso internacional de fotografía de montaña, el CVCEPHOTO. En las tres primeras ediciones han viajado a la República Checa (Petr Piechowicz), a Canadá (Paul Bride) y a Suecia (David Wrangborg), el destino de esta última lo conoceremos el día 2 de junio.

 

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Paisajes de la memoria

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Hace ya veinte años de este dibujo que decora la habitación de Manu en Villanúa. Un dibujo que representa lugares familiares, eventos reconocibles y personajes queridos.  Fue el año en que nació Manu y sobre un cartón gris de metro y medio me dediqué a dibujar a lápiz y colorear con témpera los paisajes de mi memoria. Él me miraba, plácidamente tumbado al lado, ajeno al sentido profundo que el calor de su compañía me proporcionaba. Cada vez que lo miro, recuerdo aquel cuerpo menudo, aquellos ojos atentos descubriendo el mundo, interpretando gestos, aprendiendo…

Es curioso, este dibujo simple, naif y un tanto torpe, contiene todo aquello que me interesa en el mundo… o casi.

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Dos paladas de tierra

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foto: MA Capapé

EL ESCALADOR (Julia Otxoa, relato del libro “Confesiones de una mosca”)

El escalador asciende sin cuerdas por la pared de roca, está solo, únicamente ayudado por sus manos que arañan cada mínimo punto de apoyo para seguir hacia lo alto. Es joven, pero al cabo de una hora de duro esfuerzo la fatiga comienza a presentarse en una debilidad creciente en sus brazos, en los cada vez más frecuentes calambres de sus piernas, que le ponen al borde de una caída que podría ser mortal desde esa altura y él lo sabe, pero sigue ascendiendo, aunque sus manos se equivoquen y se sujeten a puntos de apoyo que no lo son y las piedras soltándose de pronto le recuerden que está al límite de sus fuerzas y que no fue buena idea venir sin cuerdas. Mira hacia lo alto, le quedan escasos metros para llegar, allí en el borde del despeñadero, asomados, esperando que caiga como antes lo hicieron otros escaladores, expectantes le observan una veintena de buitres, en sus fijas miradas ansiosas la espera del festín.

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Tardes de lluvia

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Tardes de lluvia, de melancolía, de recuerdos, de amigos

Charlas lentas, pausadas, confidentes, amigables

Miradas cálidas, próximas, acogedoras, serenas

Y un reflejo en el cristal que descubre de repente
la intimidad de esos momentos mágicos
pasados entre amigos…

Tardes de lluvia. Charlas lentas. Miradas cálidas

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No te detengas, camina… (La cuerda y la maza. Suso Ayestarán)

La cuerda y la maza es la nueva aventura editorial del Club Vasco de Camping. Es el tercer libro que publicamos en dos años, el primero fue la reedición, ampliada y con un añadido sobre la historia del Club, de la “Biografía sentimental del montañismo vasco”, de Antxon Iturriza; el segundo fue “Viaje a pie”, reedición también, en colaboración con Sua, del libro de Julio Villar, ampliado esta vez con su “Mar de nubes”. En esta ocasión le toca el turno a Suso Ayestarán, con unas memorias que recogen artículos ya publicados principalmente en Errimaia en sus distintas épocas, así como otros relatos inéditos, bajo el título de “La cuerda y la maza. Un montañismo que se fue. Pequeñas memorias de un montañero-escalador”. El libro supone el segundo número de los Monográficos Errimaia, después del de Iturriza, que estrenó esta colección con vocación de continuidad. Seguir leyendo

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Escaladas norteñas entre burros y gaviotas

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Un comité de bienvenida especial recibe a nuestros amigos venidos de lejos junto a la puerta metálica que da acceso al bosque de Egino. Amablemente, posan junto a nosotros para las fotos y se dejan acariciar la crin esperando pacientes que dejemos la puerta abierta: debe de haber algo interesante al otro lado… Decepcionados, los tres asnos se vuelven y nos siguen a cierta distancia hasta perderse entre los viejos robles, como nosotros, caminando sobre la muelle hojarasca rodeados de ocres, amarillos y verdes pálidos a punto de apagarse. El día es frío, se siente el otoño y la paz del lugar, como siempre en Egino, invita a una escalada placentera que relaja el ánimo y despierta los sentidos. Seguir leyendo

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Compañeros de cuerda

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Sin ellos no sería posible. Sencillamente. O sería todo mucho más complicado y seguro que más pobre. Las razones son diversas, como son diversas su forma de ser, su edad, sus intereses o la forma en la que distribuyen el material en su mochila. Hay muchas cosas que los hacen diferentes, aunque también tienen cosas en común… una de ellas soy yo. Seguir leyendo

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Marieta y los huevos fritos

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Y entré con el salero al comedor de Marieta


La bella, la traidora, estaba acabando el flan



Y yo allí con la sal como un gilipollas, madre

Y yo allí con la sal como un gilipo-o-o-llas.

(Javier Krahe)

 

 

 

Algo que se aprende con el paso del tiempo es el sentido oculto de algunas cosas, el valor relativo de los objetivos que perseguimos, muchas veces lejos de su valor material. Poco a poco, en función de nuestras experiencias, adjudicamos a objetos y vivencias un valor que resulta en una jerarquía personal diferente para cada cual. Así, lo aparente puede convertirse en un mero pretexto, en un trámite en la búsqueda de lo verdaderamente significante. A veces algo tan trivial como sentarse alrededor de una mesa para comer unos huevos fritos con jamón. El preámbulo para ello puede ser más o menos intrincado, más o menos sofisticado. Seguir leyendo

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