El indigente

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“El indigente” es un relato que escribí el año pasado y fue publicado como finalista en el concurso Cuentamontes de Elda-Petrer. Se trata de un cuento de misterio ambientado en la ruta normal del Everest por su vertiente Sur, tan de actualidad tras las fotos de la última primavera. “El indigente” ha sido publicado también en el último número de la revista Errimaia. La ilustración que encabeza este post la obtuve de la edición digital de La Vanguardia, y la acuarela del collado Sur la pinté para Errimaia representando un paisaje monocromo en blanco y negro, a tinta china, con el color de la acuarela concentrado únicamente en los objetos y residuos dejados por los montañeros. Es así como siento muchas veces la montaña: un lugar triste y apagado que soporta estoicamente los colorines de la horda humana. 

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EL INDIGENTE

A Carles se le aceleró el corazón mientras leía el texto que encabezaba aquel artículo de La Vanguardia, ilustrado con dibujos explicativos que lo hipnotizaron: 

“Para subir al pico más alto del mundo hay que estar bien preparado física, psíquica y técnicamente. Una aventura que empieza con una semana y 40 kilómetros de trekking para llegar al campo base, en las faldas del Everest, puerta de acceso a la famosa cima por el Collado Sur. Después queda mes y medio de ascenso, lo más difícil, una auténtica prueba de resistencia que lleva los cuerpos al límite y, en ocasiones, a su final…” 

Fue en aquel vagón de metro, a la vuelta del trabajo entre Vall d’Hebron y Diagonal, donde empezó toda aquella locura. “Subir al cielo por el Collado Sur” era el título del artículo que le inoculó el veneno. Era fuerte, le gustaba la montaña, tenía el dinero y se sentía libre por primera vez en muchos años, tras la muerte de su padre. Los últimos  cuatro años, desde que quedó postrado en la cama como un guiñapo, habían sido un calvario. Cuidar de él fue un trabajo absorbente a pesar de las ayudas.

A Carmen no le hizo gracia: no compartía su afición por la aventura y además veía mal que gastara ese dineral en lo que para ella era un capricho inapropiado para un celador de hospital con contrato eventual. Inapropiado y peligroso. Llevaban dos años de relación y, tras agrias discusiones, para Carles la cosa se había convertido en un acto de autoafirmación: “si me quieres, me tienes que querer como soy, y el Everest va en el paquete”. 

Ahora, allí arriba, aquella afirmación le sonaba tan falsa y ridícula como realmente era. Añoraba su mirada cálida, la forma en la que le temblaban los labios cuando se emocionaba y esa manera sosegada que tenía de escucharlo mientras le hablaba. Llevaba un mes en la montaña y de repente, en aquellas cuarenta y ocho horas, su ausencia le resultaba insoportable. Tan insoportable como el frío que le había traspasado el cuerpo hacía horas agarrándose a sus entrañas y devorándolo poco a poco desde dentro. Tanto como el rugido de la ventisca, que sacudía la tienda hasta el punto de no saber si todavía seguía fijada al suelo o rodaba ladera abajo con él en el interior.

El viaje había empezado bien, justo al comenzar la marcha de aproximación, Carmen le había comunicado la gran noticia: estaba embarazada. Carles disfrutaba imaginando el abrazo del reencuentro, como disfrutaba de cada paso en la escalada, de cada mirada ante un panorama tantas veces imaginado, de cada bocanada del frío aire enrarecido con el que trataba de llenar sus pulmones. Sentado sobre un bloque de hielo contemplaba la agreste ladera del Pumori, el laberinto helado a sus pies y la magnitud colosal del Valle del Silencio, y se sentía dichoso.

Las cosas se empezaron a torcer después de que los primeros sherpas fijaran cuerda hasta el Collado Sur y empezaran a abastecerlo. Una tarde, mientras descansaba en el Campo II adormilado a la entrada de su tienda, se formó un gran tumulto junto a la tienda de los sherpas. Un grupo de seis de una empresa americana acababa de bajar del Collado Sur. Dos de ellos discutían acaloradamente con el shirdar de la expedición de Carles y otros tres nepalíes a los que él no conocía. Se los veía excitados, hablaban atropelladamente en su idioma, sobre todo los recién llegados, y no dejaban de hacer gestos señalando hacia el Collado Sur. El jefe trataba en vano de calmarlos. Luego se enteró del motivo de tanta agitación: el grupo había subido por segunda vez al campo IV, y habían descubierto que faltaban algunos víveres y encontraron dos de sus botellas de oxígeno vacías y tiradas sobre la nieve. Acusaban a una expedición británica de haber sustraído aquellos objetos.

Entre tanto, otro incidente vino a perturbar la actividad más o menos rutinaria de las expediciones. Se rumoreaba desde hacía días que un grupo pirata de rusos estaban tratando de abrir una nueva ruta en la imponente vertiente sur del Lhotse. O del Nuptse, no se sabía con certeza. Alguien había venido con el cuento y, por lo visto, era la comidilla entre los oficiales de enlace, shirdars y jefes de expedición. Se barajaban incluso los nombres de algunos alpinistas jóvenes de la élite rusa como Bazarov y Rustin. La noticia de la presencia de los ilegales se confirmó cuando una tarde, desde el campo III, se vio una cordada de tres alpinistas sobre la afilada cresta que une el Nuptse y el Lhotse, bastante lejos de la cima de este último. Durante todo el día siguiente los prismáticos los siguieron en su camino hacia la cumbre, mientras unas nubes amenazadoras evolucionaban a su alrededor en un baile tétrico. Luego la montaña se cubrió y empezó a nevar. Nada más se supo de aquellos montañeros, hasta que los primeros expedicionarios al Lhotse por el Collado Sur ascendieron a la cumbre. A mitad de camino, enredada la cuerda en unos bloques de roca, encontraron los cuerpos sin vida de dos de los montañeros, ni rastro del tercero, solo la cuerda seccionada por un corte limpio, como de cuchillo. Presumiblemente, ante la imposibilidad de una retirada por la ruta de ascenso, los tres montañeros optaron por descender por el Collado Sur tras hollar la cumbre, a pesar de la sanción que no iban a poder eludir bajando por aquella concurrida vertiente. No llegaron muy lejos. Los testigos confirmaron la identidad de los rusos, eran Bazarov y Shoigú. Faltaba el cuerpo del pelirrojo Rustin.

El accidente de los rusos se produjo cuatro días antes del incidente de los sherpas del que Carles dio cuenta en su diario, y que tuvo continuidad en disputas que se produjeron sin cesar en los días sucesivos en varios campamentos. Al parecer, las sustracciones se seguían produciendo en los campamentos del Collado Sur. Todo el mundo desconfiaba de todo el mundo y el ambiente empezaba a resultar cargante. Hasta que una terrible tormenta que duró dos días dio un giro inesperado a la situación.

Durante esos dos días no hubo actividad en la montaña, los distintos grupos quedaron bloqueados en los campamentos que ocupaban cuando se desencadenó la tempestad, esperando pacientes a que el tiempo mejorara. En el Collado Sur no había nadie: la treintena de tiendas allí montadas se agitaban deshabitadas y solitarias, cargadas con los víveres, el oxígeno y el material para hacer cumbre de las distintas expediciones. Sin embargo, los primeros en llegar confirmaron un nuevo saqueo durante esos dos días. No había explicación posible para la desaparición de aquellos objetos en el Collado Sur, uno de los parajes más desolados e inanimados del planeta. El rumor de una presencia extraña en aquel lugar empezó a correr de tienda en tienda, sobrevolando el ambiente como una señal de mal augurio.

Carles se disponía a emprender su asalto a la cumbre tras el anuncio de una ventana de buen tiempo que, previsiblemente, iba a durar setenta y dos horas, tiempo suficiente para materializar por fin aquel sueño largamente perseguido. Fue al atardecer cuando el sherpa que lo iba a acompañar lo invitó, con gesto preocupado, a la tienda grande:

We have a meeting, sir, riuníon, riuníon por information.

Aquella tarde había escuchado el alboroto de los sherpas, que discutían en tono acalorado, pero estaba ya acostumbrado y no prestó demasiada atención. En la tienda esperaban cuatro de sus sherpas y el shirdar, todos con caras serias y en silencio. Estaban también el italiano y el matrimonio portugués, miembros de su misma expedición. El shirdar fue el primero en hablar:

We have a problem, people say there is a ghost, uno fantasma, in the Camp IV and there are some sherpas who don’t want to go up. No sherpas por cumbre. I know that’s ridiculous, but we need to reorganize the groups. Poco sherpas, poco sherpas bravo, sherpas cobarde.

Uno de los sherpas protestó increpando a su jefe en su idioma y este montó en cólera, el griterío hizo intervenir al italiano pidiendo calma:

Please, be calm, be calm.

Dos de los sherpas se dirigieron a él y con voz alterada repetían:

Bhuta sir, bhuta, ghost camp four, ghost mangiare food, sir. No camp four, pericoloso sir, pericoloso camp four, bhuta.

El shirdar los hizo callar, o intentó hacerlos callar a gritos, hasta que finalmente los conminó a marcharse. Los dos que habían hablado y el sherpa que debía acompañar a Carles abandonaron la reunión. El shirdar les explicó que cambiarían el plan y que finalmente el otro sherpa, el más joven de ellos y que había permanecido en silencio durante la discusión, acompañaría a la pareja en su intento de cumbre y él mismo iría con el italiano y con Carles. Se despidieron con cara de circunstancias hasta la mañana siguiente. Comenzarían temprano la ascensión, ellos intentarían pasar de largo el Campo III y pernoctar en el Collado Sur, el matrimonio con Pemba, el sherpa joven, subiría a dormir en el III. Antes de acostarse, Ang, el sherpa de Carles, se acercó a él para disculparse con voz temblorosa:

I’m sorry sir Carles, I’m so sorry. Ghost bad luck, bad luck. No bueno, no bueno. 

No problem, Ang, no problem. —Carles le dio un abrazo de despedida.

This for you, sir. Suerte, it’s suerte, good luck. —Ang le ofreció una piedra perforada, un canto rodado blanco como la nieve que colgaba de un cordón de cuero anudado. Ang se la había quitado del cuello y se la trataba de colgar a Carles.

No, no, it’s yours, please. It’s yours.

Importante, sir, importante, please for you. It’s suerte for you, it’s suerte. Please. No más mío. For you suerte.

Fue tal el tono de súplica del sherpa que Carles tuvo que aceptar el presente y dejar que se lo colgara del cuello. Ahora, dentro de aquel saco helado a prácticamente ocho mil metros, cerraba el puño alrededor de aquella piedra mágica, pidiendo que la tempestad cesara y que Ang Pemba, su ángel de la guarda, reuniera el valor para olvidarse de supersticiones y subiera en su ayuda. Para que tuviera la oportunidad de abrazar de nuevo a Carmen y se le concediera el enorme privilegio de conocer a su hija. A veces el viento amainaba tomándose una tregua y entonces aguzaba el oído tratando de auscultar el silencio con la remota esperanza de escuchar a sus rescatadores. Era inútil, en su desvarío, solo creía escuchar música de ópera: los pasajes más encendidos del Rigoletto procedían de la tienda de al lado, a veces de alguna más distante, otras se perdían en la lejanía dando paso al ulular del viento, tras el asesinato de Gilda. En su estado alucinado creía ver entonces a un bufón jorobado de barbas greñudas entrar en su tienda para abrazarlo y darle el calor que le faltaba, el aliento que se le escapaba minuto a minuto.

Aquella piedra blanca lo acompañó hasta la cumbre ansiada del Everest, igual que la foto ajada que un día había sido en color, tomada junto a su padre en el chiringuito de su tía Marcela, en la Barceloneta. Él tendría siete años y todavía sentía aquella mano poderosa apoyada sobre su hombro. Aquel día fue especial: un paseo matutino junto a la playa un domingo de invierno en el que no tuvo que compartir a su padre con nadie, solos los dos, sin su madre, sin su hermano mayor, como dos amigos charlando de sus cosas sin injerencias. Carles sentía que aquella mañana había nacido entre ambos una complicidad que duró hasta el mismo día de su muerte.

El asalto a la cumbre comenzó bien. Tras pernoctar en su tienda del Campo IV, donde encontraron todo el material intacto, partieron los tres a las doce de una noche limpia y en calma, sin una nube. Utilizaron oxígeno por primera vez para dormir y luego durante el asalto a la cumbre. En mitad de la oscuridad un reguero tenue de luces los seguía, dibujando la línea marcada por las cuerdas fijas. Ensimismados, cada uno en su mundo, avanzaban lentamente apuntalando cada paso, conscientes de estar viviendo un momento único en sus vidas. El amanecer, llegando casi a la cima Sur, los saludó con unas nubes de fuego en el horizonte. Para cuando llegaron a esa cumbre accesoria, aquellas nubes, hacía un rato inofensivas y lejanas, empezaban a envolverles. Estaban en el Escalón Hillary cuando la vista se cerró de repente y una espesa niebla los envolvió. Fue ahí donde Carles tomó conciencia de aquel leve pitido, en realidad lo venía escuchando desde hacía rato. No sabía desde hacía cuánto, un siseo como el de una espita de gas mal cerrada lo acompañaba. De pronto, como si fuera una revelación, se dio cuenta de la gravedad del síntoma: su botella de oxígeno perdía aire, ese aire que lo mantenía en una atmósfera ficticia y relativamente confortable. Luego los acontecimientos se precipitaron y todo fue de mal en peor. Justo en la cima Carles se empezó a sentir mal, el jadeo y la sensación de cansancio propios de la ascensión, agotadora dentro de lo previsible, se convirtieron en una sensación de enfermedad crítica. Se ahogaba, no podía dar dos pasos y empezaba a sentir un frío paralizante. Habían comenzado ya el descenso tras una cima que fue más un trámite que otra cosa. Cuando llegaron arriba envueltos en la niebla, el shirdar había gritado:

The summit, we are on the summit! 

Pues vale, pensó Carles. The summit, por fin es hora de bajar. El italiano hizo una foto y se abrazaron los tres antes de empezar el descenso dejando atrás aquel anodino montículo de nieve, repleto de banderines y objetos depositados en mitad de la nada. Quizá podía haber pensado en lo paradójico de haber pasado toda una vida imaginando este momento para sentir, finalmente, que era el último lugar en el que quería estar, que daría cualquier cosa por estar lejos de allí. Pero Carles no podía hilar pensamientos tan sofisticados. Todo lo que podía pensar era en cómo seguir vivo para poder dar un paso detrás de otro.

Avanzaba muy despacio, aterido de frío y completamente agotado, ayudado por sus dos compañeros. El regreso hasta la Cumbre Sur les llevó varias horas. Fue allí donde trazaron el nuevo plan: el shirdar le pasó a Carles su única botella de oxígeno con la esperanza de progresar algo más rápido, él era un hombre curtido, mucho mejor adaptado a este tipo de situaciones, no en vano aquella era su octava ocasión en la cima del Everest. El italiano seguiría por delante y pediría ayuda para que alguien saliera al encuentro de Carles y el sherpa con botellas de oxígeno, al ritmo que iban, el poco oxígeno que quedaba en la única botella que tenían no duraría, ni de lejos, hasta el Collado Sur. Allí se separaron, justo cuando empezó a nevar.

Carles intentaba ordenar en su mente la cadena de acontecimientos posteriores mientras tiritaba de frío en la tienda del Campo IV, con el amuleto que le había dado Ang como última esperanza para sobrevivir en aquel maldito lugar. Primero empezó a nevar pausadamente, como a cámara lenta, los enormes copos de nieve flotaban en el aire perezosos y, a su alrededor, una espesa cortina de nieve blanca los envolvía, mucho más impenetrable que la propia niebla. Hacía rato que el oxígeno se había agotado y avanzaban tomándose descansos cada vez más largos. Estuvieron un rato sentados mientras oscurecía y, cuando Carles quiso ponerse en marcha, se percató de que estaba solo, ni rastro del sherpa. Bajó arrastrándose sin rumbo, perdida la línea de cuerdas y preguntándose dónde estaban el resto de compañeros. Hacía rato que el viento había empezado a arreciar cuando dio un traspiés y cayó rodando durante un tiempo que le pareció una eternidad, resignado a todo y consciente de que había llegado su final. Se detuvo. Perdió la lámpara frontal en la caída y también el guante derecho, pero podía moverse. Sentía un dolor intenso en el costado. Se puso en pie y se dio cuenta de que el terreno no era empinado, pensó que quizá estaba cerca del campo IV. Caminó a ciegas durante media hora tal vez, hasta que chocó con algo metálico, era una botella vacía, un poco más adelante, abriéndose paso entre la basura desperdigada, palpó algo elástico, buscó a tientas la entrada de la tienda y se coló dentro para acomodarse en el interior de un saco de dormir.

El lento transcurrir de las horas terminó por convencerlo de la cruda realidad, estaba solo en aquel páramo helado a ocho mil metros, rodeado de despojos, de tiendas vacías, de un viento huracanado y de un aire corrompido que le iba carcomiendo la salud según lo respiraba. Ni rastro de sus compañeros o de otros posibles montañeros. Se quitó la piedra blanca del cuello y la apretó en su mano izquierda, la única que sentía. Llevaba muchas horas sin beber, sin comer y casi se podía decir que sin respirar. Seguro que había comida en las otras tiendas y oxígeno y gas para derretir nieve, pero no podía moverse. Estaba allí exhausto dentro del saco, inmovilizado dentro de aquel ataúd de pluma y entre andanada y andanada de aquel vendaval rugiente, oía música de ópera. 

De pronto oyó toser. Una tos seca y repetida, de garganta irritada. Sonaba cerca, muy cerca. Intentó gritar, pero casi no le quedaban fuerzas:

—¡Ey, aquí. Por favor! ¡Please, here, help me, help me! ¡Ayuda, por favor!

Su voz apenas traspasaba la delgada lona de su habitáculo. A pesar de ello, la tos se detuvo y una voz salvadora le respondió:

Where are you! Where are you!

—Here, I’m here! Inside the tent, the yellow one!

Al instante escuchó el crujido de la cremallera al abrirse y un remolino de nieve invadió el interior de la tienda. Con él, una figura humana embutida en una montaña de ropa llena de escarcha entró de espaldas, cerró el acceso y se volvió hacia él.

What are you doing here?

Carles era incapaz de contestar. Había consumido sus últimas fuerzas pidiendo ayuda.

El gigantón que acababa de entrar en su tienda en cuclillas se quitó la capucha y el gorro, dejando al descubierto un rostro familiar. No era otro que el del bufón jorobado de larga barba pelirroja que lo visitaba en sus sueños delirantes.

You are sick, very sick. 

El visitante se puso la capucha y desapareció. Sumido en el delirio de la altitud y el agotamiento, lo vio desvanecerse como un fantasma dejando de nuevo a Carles a solas con aquel rugir del viento que entonaba melodías de ópera, en el umbral de la muerte.

Al rato volvió a entrar con una mochila y una botella de oxígeno. Sin mediar palabra, se arrodilló junto a él, le puso la máscara y abrió la válvula. Mientras el oxígeno vivificante se abría paso hacia sus pulmones, encendió un hornillo y comenzó a derretir nieve. Luego se abrió varias cremalleras y se tumbó al lado de Carles abrazándolo de tal forma que sintió el calor de su cuerpo envolviéndolo. Fue como el despertar de una espantosa pesadilla. El hombre pelirrojo de barbas greñudas no dejaba de hablar en un idioma incomprensible para Carles, mientras se reía y le palmoteaba, a veces los hombros, a veces la espalda o las piernas. Todo su cuerpo exhalaba un vaho benefactor que invadió la atmósfera del pequeño habitáculo congelándose sobre el techo en forma de diminutos carámbanos. A medida que el oxígeno iba llegando a todos los rincones de su maltrecho cuerpo, Carles se sentía revivir. Aquel frío atroz que lo había tenido acartonado durante dos días empezó a ceder. El hombre pelirrojo le dio luego de beber, primero agua tibia en pequeños tragos, luego té azucarado, luego un caldo salado. Bebió con dificultad, entre vómitos, pero bebió. Carles no se hacía una idea exacta del tiempo transcurrido, pero pasaron así muchas horas; el hombre le preparaba de beber y él se lo tomaba, o trataba de tomárselo todo, a poquitos, alternando la bebida con la respiración reconstituyente de la botella. Luego se durmió. Fue el sueño más placentero que se pueda imaginar y soñó que paseaba por la orilla de un lago rodeado de rododendros y pinos negros, al pie de montañas de oscuro granito manchadas de algunos neveros. Caminaba despacio con Carmen y una niña los acompañaba tirando piedras redondas, blancas como la nieve, al lago de aguas cristalinas. Sintió una sensación de plenitud, como si en aquellas breves escenas en torno al lago hubiese vivido toda una vida. La niña se volvió de pronto y le dijo “No olvides tu piedra, papá”. Luego empezó a pegarle puñetazos entre llantos y gritos desesperados, él intentó zafarse y en la lucha, abrió los ojos.

Allí estaba el gigantón pelirrojo tratando de calmarlo.

Be calm, be calm. All it’s OK. Be calm. We’ll go down. It’s dawned. The weather is very bad, but you need to descend. You can’t stay here more time.

La perspectiva de abandonar el relativo confort de la tienda le resultaba espantosa pero, por otro lado, aquel hombre con aspecto de indigente no dejaba de inspirarle confianza. Alguien capaz de moverse con esa familiaridad por aquel lugar desolado, en aquellas condiciones inhumanas, debía de tener un criterio fiable sobre cómo actuar, así que se puso en sus manos.

El hombre había traído ropa y botellas de oxígeno para el viaje al Campo III. Tras ayudarle a vestirse y ponerle los crampones, lo ató a su cuerda y comenzaron el descenso. Carles iba dando tumbos con su asegurador detrás, a poca distancia. Fue un viaje interminable entre la niebla, desenterrando las cuerdas fijas mientras el viento jugaba a aplastarlos contra la ladera o lanzarlos sin contemplaciones al abismo. Hasta que en un traspiés, pasado el Espolón de los Ginebrinos, Carles salió volando y arrastró a su compañero, durante la caída le dio tiempo a darse cuenta de pronto, de que no tenía la piedra blanca, la había dejado arriba, olvidada en la tienda. Se sintió desamparado rodando ladera abajo sin su amuleto hasta que algo se enredó en uno de sus pies, notó la tensión de la cuerda y un dolor atroz en la rodilla, al tiempo que el movimiento cesó. Continuaron a duras penas, con la rodilla de Carles maltrecha, perdiendo el camino a ratos y volviendo atrás. Hubo nuevas caídas en las bandas amarillas pero su compañero, atento, lo detuvo siempre antes de coger velocidad. Por suerte, la propia nieve hasta la cintura los retenía en su descenso por la empinada pared del Lhotse hasta que, finalmente, cuando la luz de la tarde comenzaba a decaer, vieron a escasos metros las tiendas en formación del Campo III, acurrucadas allí, en aquella rugosidad de la ladera y semienterradas en la nieve. Se oyeron voces provenientes de alguna de las tiendas. Entonces el hombre se detuvo y le dijo:

OK guy, this is your destination.

Se acercó a Carles, le soltó el nudo de la cuerda y lo envolvió en un abrazo poderoso.

—Good luck my friend.

Aquello que parecía una despedida desconcertó a Carles, que iba a replicar algo cuando el pelirrojo sonrió y, quitándole la máscara de la cara, selló sus labios con el índice, en gesto de pedir silencio.

Now, I’m turning back and you´ll ask for help. It’s the best.

But, you… —El hombre volvió a hacer el gesto con el dedo—. At least, tell me your name.

I no longer have a name. I’m the homeless of the mountains. —Y se volvió sin dejar opción a réplica.

El indigente de las montañas, como él mismo se había hecho llamar, desapareció ladera arriba y su figura se diluyó en la niebla fría de aquel atardecer. Carles se quedó allí, perplejo, mirando a la nada, tratando de escrutar la blancura ciega que lo rodeaba, hasta que tomó conciencia de su soledad, de que estaba oscureciendo y de que debía gritar para pedir ayuda…

El 19 de mayo de 2011, Carles Verdaguer, montañero catalán al que se daba por muerto en el Everest, apareció con vida en el Campo III después de realizar un increíble descenso en solitario, en mitad de la tormenta, desde el Collado Sur, donde había pasado dos noches, solo y en condiciones precarias, tras bajar de la cumbre. Formaba parte de una expedición comercial internacional y el 16 de mayo había alcanzado la cumbre del Everest en compañía del italiano Enzo Ferrari y el nepalí Tenzing Temba, ambos desaparecidos en el descenso. Fueron víctimas de un empeoramiento brusco e imprevisto del tiempo. El resto de expediciones que ese día intentaron la cumbre iban más retrasadas y tuvieron tiempo de retirarse hasta el Campo III, a la espera de que las condiciones mejoraran. Al anochecer del día 19 escucharon gritos en medio de la ventisca y ayudaron a Verdaguer a llegar hasta una de las tiendas. Se hallaba deshidratado, completamente extenuado, con una lesión grave en la rodilla derecha y el brazo derecho congelado hasta el codo, además de otras congelaciones graves en cara y pies. Pese a los esfuerzos del médico de una expedición australiana y varios compañeros que cuidaron de él, falleció unas horas después, antes de que el tiempo mejorara y tuvieran oportunidad de evacuarlo. Pasó esas últimas horas presa del delirio: creía que un experto montañero lo había ayudado a bajar del Collado Sur y luego había vuelto a subir.

83133A9A-0AAE-4A57-989C-E99959A84C8DEsa primavera hubo otras cuatro víctimas mortales en el Everest: un escalador francés, Guy de Maupassant, resbaló en el hielo en la pared del Lhotse sufriendo una caída mortal. Por otro lado, una potente cordada de escaladores rusos, Alexey Bazarov, Sergey Shoygú y Vladimir Rustin, sufrieron una caída en el descenso de la vía normal del Lhotse, después de realizar una de las más intrépidas ascensiones por su vertiente sur hasta la cresta Nuptse-Lhotse, que recorrieron íntegramente. Se da la circunstancia de que realizaron dicha ascensión ilegalmente, con un permiso para ascender solamente al Nuptse. Bazarov y Shoygú fallecieron cerca de la cumbre, el tercero, Rustin, desapareció sin dejar rastro, se especula que moriría tratando de llegar al Collado Sur. A la vía que abrieron, la línea más difícil y expuesta del macizo, se le llamó en su honor The Pirates Line.

 

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Pop Circus (Ziordia)

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Pop Circus (Ziordia) 6a+ (6a obl). Reseña.

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CVCEPHOTO 2019

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Fotógrafos  junto a organizadores en el Teatro Principal durante la ceremonia de entrega de premios: Mikel Sarasola en nombre de Paulo Garikano, Iwona Zielinska en nombre de Piotrek Deska, Tontxu González, Petr Piechowicz, Ralf Gantzhorn, Jose Allende y Roberto Bueno

Una nueva edición de CVCEPHOTO, la quinta, que nos ha dejado un gran sabor de boca. Cuando el 31 de marzo cerramos las inscripciones, batiendo récord de participación, y vimos el material que teníamos para presentar al Jurado, desaparecieron los nervios y la incertidumbre: con esas fotos, al fin del mundo… Seguir leyendo

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Urbanita mirando el paisaje

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Somos gente de ciudad, educados en una visión bucólica del paisaje. Nos hemos acostumbrado a valorarlo en función del relato de nuestras inquietudes, mayoritariamente recreativas (más o menos activas, más o menos contemplativas), hacia él. Buscamos encajar lo que vemos en ese modelo previamente establecido según nuestra doctrina. Tratamos de recomponer ese puzzle prejuicioso y, a la vuelta de la excursión, las piezas que han sobrado determinan nuestro grado de satisfacción o, mejor dicho, de insatisfacción. Adjudicamos valor estético al paisaje en función de unos gustos determinados por ese relato. Seguir leyendo

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Línea de rápeles en Ziordia

IMG-1652.JPGLa vertiente Este del Arbara, en Ziordia, cuenta cada vez con más vías de escalada. Al ya mítico Espolón Ziordia se le han unido en los últimos años unas cuantas propuestas de escalada que, dejando aparte la exigente Zazpika, de Pou-Vallejo, a la izquierda del espolón, forman un ramillete de vías de grado asequible y buen equipamiento (bastante concurridas por tanto) a la derecha del mismo. A las Irati, Rock Circus, Birra Moretti, Marieta y Altzania, de Antxon Gorrotxategi y sus amigos, hemos querido sumar, Sergio y yo, una más, la Pop Circus, algo más picante en grado, pero sin pasarse y, eso sí, de autoprotección en lo posible (info de la Pop Circus).

El gran inconveniente de estas vías ha sido hasta ahora el descenso, condicionado por el paso a través de la cantera, impracticable en horario de trabajo. Esto limitaba la escalada en la zona a los fines de semana, ya que no hay una alternativa clara de descenso por otro lugar. Comentado con Antxon, por si tenía alguna otra propuesta concreta y tras finalizar el equipamiento de la Pop Circus, decidimos habilitar una línea de rápeles a su izquierda que permitiera un descenso seguro y práctico para todas esas vías. Lo comentamos también con Joseba Arlegi, que puso a nuestra disposición el material de la Federación Navarra para el equipamiento.

Además de montar los tinglados, limpiamos de vegetación y de bloques sueltos en lo posible toda la línea, e instalamos un pasamanos para cruzar el único jardín entre el primer y segundo rápel.

7568f35e-53be-49f5-b578-f88fb063d464La línea parte de la última reunión de la Pop Circus, señalada con un hito y una inscripción y discurre paralela a esta, cruzando la Rock Circus para salir a un canal de descenso cómodo caminando, que también hemos limpiado. Hemos bajado varias veces y creemos que la línea funciona bien, no hemos tenido problemas de recuperación de cuerdas y todas las estaciones de rápel son cómodas para tres personas, excepto la última a 35m, más exigua. Se pueden hacer rápeles a 60m con cuerda doble o a 35m con cuerda simple.

Con cuerda doble: 1 rápel a 30m + pasamanos + 2 rápeles a 60m

Con cuerda simple: 1 rápel a 30m + pasamanos + 4 rápeles a 35m

No interferir en el trabajo de la cantera vecina nos permitirá seguir disfrutando de la escalada en la zona, incluso entre semana, ¡aparca bien y no bajes por la cantera!

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POP CIRCUS, nueva vía en Ziordia

PopCircusvzPOP CIRCUS  Ziordia  (200m 6a+)

(Club Vasco de Camping, 2019. Sergio Martín y Rafa Elorza)

Vía que hemos equipado, según contaba en este post, durante los meses de invierno. La propuesta de grado es revisable. El grado obligado puede ser 6a A0.

Vía semiequipada que parte por la placa evidente a la derecha de la Rock Circus y en tres largos llega hasta la R4 de aquella vía para cruzarse con ella y seguir en paralelo en dos largos más por su izquierda. Roca entre buena y muy buena, algún tramo corto requiere atención por la posibilidad de algún bloque suelto.

El carácter es diferente al del resto de las vías de la zona. Solo se han equipado con parabolts las reuniones y los pasos duros de placa que no permiten una buena autoprotección, el resto se protege muy bien sobre buenas fisuras o puentes de roca (se han mantenido equipados con cintas/cordinos solo unos pocos puentes, hay bastantes más).

Llevar algunas cintas para puentes, un juego de friends medianos (tótem completo, incluido el naranja o camalot hasta el 2) y un juego de fisureros. 15 cintas express.

Todas las reuniones equipadas con parabolts con anilla. La R3 compartida con la Rock Circus. La vía es rapelable, aunque recomendamos rapelar por la línea a la izquierda de la vía (más info).

L1 (45m, 6a+): Comienza por la mitad de la evidente placa vertical de unos veinte metros, a la derecha de la Rock Circus. Pasos finos de placa con goteras y fisura (6a+). Protegidos con tres parabolts y un puente instalado, salir por la fisura de la derecha (6a), perfecta para autoproteger con friends, hasta un puente de roca. A partir de ahí, en diagonal hacia la izquierda hasta la reunión por terreno más fácil (4b) y con buenas opciones de autoprotección.

L2 (40m, 6a): Salir a la izquierda hasta situarse bajo una fisura evidente con un puente en la base. Progresar por la fisura hasta su final, pasar a la izquierda a una nueva fisura que continuaremos también hasta que termina, todo el tramo ofrece buenas opciones para proteger con friends y varios puentes (5c). Hacer una travesía a la izquierda para situarse bajo el techito con buenos agarres invertidos, subir directos a la repisa superior protegidos por un parabolt (6a). Continuar por terreno fisurado y luego salir a la derecha sobre el espolón para continuar (atentos a la roca) hasta la reunión con buenas fisuras y puentes para protección (5b).

L3 (35m, 5b): Salir de la reunión a la izquierda protegidos por un cordino a una sabina para progresar directos por dos magníficas fisuras (5b) y pasar a la derecha cruzando el filo del espolón (atención a posibles bloques sueltos) para continuar por terreno fácil, con varios puentes evidentes y acceder a la reunión por una bonita placa con tubos de órgano (3, 4b).

L4 (50m, 6a): La reunión es compartida con la Rock Circus, la línea de parabolts que sale directamente. La Pop Circus sale en travesía a la izquierda hasta un parabolt, para seguir por la fisura diagonal hasta una plataforma bajo un pequeño techo (4c). Una sucesión de buenas fisuras con canto (atentos con algún posible bloque suelto) y buenos emplazamientos para friends, asciende por terreno vertical (5c), al final de la fisura se asciende por una placa, protegidos por dos puentes de roca y un parabolt (6a) hasta enlazar con el final de la travesía del L5 de la Rock Circus que cruzamos para seguir en vertical a la reunión situada en una buena repisa (4c).

L5 (25m, 6a+): Salir caminando de la reunión a la izquierda, cruzar el corto jardín y continuar, siempre a la izquierda, por una repisa en la base del siguiente paño de roca, dejando atrás la reunión del último largo de la Rock Circus. El inicio del L5 está marcado por dos cintas a sendos puentes de roca, donde montaremos la reunión. Subir por fisura evidente (4c) para llegar a una repisa a la derecha, bajo un pequeño desplome (puente de roca) en la base de una placa. Superar el desplome y acceder a la placa con un paso de equilibrio (6a+) protegidos por un parabolt, salir de la placa en recto hasta un puente con una cinta que conviene chapar para evitar el péndulo del segundo contra una repisa en caso de caída en el paso previo, luego, en travesía a la izquierda (otro parabolt), situarnos bajo el desplomillo de salida, para superarlo con buenos cantos (6a) y llegar hasta la reunión por terreno fácil.

Aproximación:

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Descenso por la línea de rápeles que hemos instalado y que parte de la última reunión y discurre entre la Pop Circus y la Rock Circus. (La idea es que esta línea dé servicio a todas las vías de la zona para evitar la cantera). Un primer rápel de 30m (hasta un pasamanos instalado que conduce al segundo), el resto se puede hacer en dos rápeles de 60m o bien en cuatro rápeles de 35m. El último rápel nos dejará en la canal a la izquierda de la Rock Circus, de donde saldremos caminando (croquis). Descenso alternativo por la cantera, ¡siempre que no esté trabajando!

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Txema Garay, amigo y presidente

IMG_1442bAl margen de posibles actos de carácter más oficial, la semana pasada celebramos en el Club Vasco de Camping una reunión íntima relacionada con el final del periodo presidencial de Txema Garay. No lo voy a llamar despedida, porque me consta que Txema va a seguir vinculado al Club de forma muy activa. Tampoco se trata de un homenaje, porque, en realidad, fue él quien nos invitó a un grupo de colaboradores en las tareas de gestión y amigos, en muestra de agradecimiento. El gesto es muy propio de Txema, a su inquebrantable vocación de servicio al Club, une ese concepto de la amistad y esa sensibilidad que lo convierten en una persona especial, apreciada por la gente que lo rodea y que a veces le cuesta también algún disgusto. Seguir leyendo

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Pop Circus, jugando a ser equipadores

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El 16 de febrero hemos culminado un proyecto que comenzó hace cuatro meses, cuando en compañía de Juancar Sanz escalé la Rock Circus, una vía de Antxon Gorrotxategi y sus amigos en Ziordia. Al aproximarnos al pie de vía me fijé en una bonita placa vertical surcada por las características “gotas de agua”, producto de la erosión de la caliza, que tanto abundan en la roca de esa zona. Pensé que, de haber abierto yo la vía, hubiese querido entrar por allí, y no por la zona salpicada de vegetación por la que estábamos Seguir leyendo

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Bucle temporal

juanmi

-Imagina, Juanmi, nosotros estamos aquí, flotando sobre una nube…

-Sí, Purita, ¿y qué?

-Si pudiéramos bajar a tierra lo bastante rápido, notaríamos que empieza a llover. Y nos mojarían estas mismas gotas mucho tiempo después.

-¿Mucho tiempo?

-Sí, mucho tiempo.

-¿Estamos tan altos?

Hoy Purita se ha reunido con unos amigos, entre ellos está Juanmi. Tiene 86 años, tres menos que ella y viajaron juntos hace muchos años, cuando eran niños, en el mismo barco, huyendo de los bombardeos. Pasó mucho miedo durante los días que esperaron antes de ser evacuados. Purita le agarraba las dos manos y le decía que estuviera tranquilo. Le contaba una historia de nubes y de lluvia y para terminar, le decía:

-Juanmi, cuando estemos abajo y nos cojamos de las manos, como ahora, ya no habrá guerra, no habrá más bombardeos.

-¿Cómo lo sabes?

-Porque he estado allí.

-Pues vamos a saltar.

-No podemos, nos haríamos daño. Hay que ir poco a poco.

Cuando se reúnen Purita y Juanmi, esta le toma las manos, las dos, como entonces, y le dice:

-¿Juanmi, te acuerdas del miedo que pasabas en Sopuerta? Abre los ojos, ya pasó todo, no debes tener más miedo. Te lo dije: estamos aquí, y estamos vivos.

Él sonríe y se le ilumina la cara, vive en una residencia de ancianos y Purita lo visita todas las semanas. No habla con nadie, no conoce a nadie. Sentado junto a la ventana, pasa las tardes impasible, ajeno a todo. Tiene un rostro ajado por el tiempo, mudo y vacío de expresión. Cuando ella pronuncia esas palabras mágicas, sus manos se crispan por un momento y luego su rostro refleja una profunda sensación de paz, como si hubiese sido liberado de una pesada carga. Finalmente sonríe.

Poco a poco, en unos minutos, la vida se va ausentando otra vez, como un líquido que se derramara por cada pliegue, cada arruga, vaciando cada recoveco hasta dejarlo todo seco.

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El vertedero más alto

colsur

“El vertedero más alto” (Tinta china y acuarela sobre papel, 2018).

“…hallaron restos de la ocupación suiza: tiendas destrozadas, soportes de oxígeno, material de escalada y víveres, y se apropiaron de algunos artículos útiles; Annullu cambió su equipo de oxígeno por una mochila llena, Wilfrid recogió algún alimento cereal “Vita”, una lata de sardinas y una caja de cerillas, todo en perfecto estado, después de estar expuesto a los elementos durante más de seis meses. Solo soplaba una brisa sostenida, por lo que pudieron disfrutar al máximo de aquella ocasión única.”

John Hunt 1953 (La ascensión al Everest)

Sesenta y cinco años acumulando basura en el Collado Sur, desde que  miembros de una expedición suiza se instalaran allí por primera vez en 1952.

Si hicieran una endoscopia al glaciar de Khumbu, descubrirían toneladas de basura acumulada durante décadas en su interior por una élite de aguerridos montañeros: hasta 1980, la práctica habitual era enterrar la mierda en alguna grieta o dejarla, tal cual, sobre el terreno.

Los montañeros somos así, concienciados o irresponsables, profesionales o aficionados, ocasionales o expertos, vamos dejando una huella de porquería más o menos marcada a nuestro paso.

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