Un lugar para entrenar

El valle de Yerri, al norte de Estella y a los pies de la Sierra de Andía, es un lugar que conozco bien. El fondo del valle está ocupado por el embalse de Alloz, que baña con sus aguas una de las regiones cerealistas de más productividad de Navarra. Los amplios campos de trigo y cebada están surcados por largos caminos, en general bastante rectilíneos, dibujados durante la concentración parcelaria. En ellos el sol pega de pleno y te asfixia en verano, sin una triste sombra que te cobije; cuando el calor aprieta hay que buscar las horas extremas del día para correr. He recorrido muchos kilómetros sobre su piso polvoriento preparando unos cuantos maratones. Las carreteras que circundan el embalse son un auténtico paraíso para el ciclista: poco transitadas, recorren la accidentada orografía de los alrededores en un sinfín de subidas y bajadas por distintas combinaciones que permiten una gran variedad de recorridos. La sierra de Andía y la de Urbasa y el propio valle, ofrecen un terreno inmejorable para la bicicleta de montaña siempre que evitemos los terrenos embarrados, no he visto barro más pegajoso que el de ese valle, que llega a bloquearte la bici dejándote pegado.

Hace años éste era mi lugar de entrenamiento preferido, mi paraíso. Tras correr o andar en bici por los alrededores de la casa de mis padres, solía bajar al pantano a nadar un rato con Buck antes de comer. Nadar con él no era ninguna broma, había que moverse rápido, era un gran nadador y su instinto le hacía venir en mi auxilio en cuanto me metía al agua. Todo su afán era salvarme y, si le dejaba hacer, agarraba mi brazo con sus mandíbulas y tiraba de mí arrastrándome hasta la orilla salvadora, era un juego que practicábamos a menudo.

Esta vida básica, elemental, es lo que yo llamo “la vida loca”: mis zapatillas, la bici, Buck y un buen libro… además, no había internet.

Pero todo lo bueno se acaba, los perros tienen la puñetera manía de morir pronto y abandonarte, mi abuelo, mi padre y mi hermano murieron en un breve lapso de tiempo dejando un vacío enorme en nuestras vidas y vendimos la casa. Para colmo de males, alguien inventó internet.

De vez en cuando vuelvo al valle de Yerri con mi bici. Aparco el coche y me doy una vuelta alrededor del embalse, subo a Lezaun, voy hasta el valle de Goñi y vuelvo por Echauri o por Guirguillano y cada centímetro de asfalto, cada forma del paisaje, me evocan recuerdos de la vida loca. Es algo que me gusta hacer solo. Yo nunca voy al cementerio, ésta es mi forma de encontrarme con mis muertos.

Villanueva de Yerri

Mi madre suele volver a veces al pueblo de visita, aunque últimamente le da pereza. Yo le llevo y le dejo con sus amigos mientras me doy un paseo hasta el pantano. Tula me acompaña, pero no le gusta nadar. La acuarela de arriba la pinté en uno de esos paseos un mes de marzo, el trigo empezaba a levantar y una nevada tardía había blanqueado los altos de la Trinidad y el Artesa.

Desde aquellos felices días mi objetivo en la vida es la búsqueda de esa sensación de la vida loca, pero no sé qué coño pasa, ¡no hay manera!

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3 respuestas a Un lugar para entrenar

  1. Joseba dijo:

    ¡Qué tiempos aquellos! Compartí contigo algunas de aquellas primeras salidas y aventuras en BTT, con unas Peugeot alquiladas, que pesarían nos 14 ó 15 kilos en seco, y unos 20 con el barro de aquellas parcelarias, que parecía ser un material precursor del Loctite. Recuerdo el júbilo que sentimos el día en que ¡por fín! conseguimos hacer cumbre con aquellos “hierros” en el Artesa, monte maldito que se nos escondía entre la niebla cada vez que pretendíamos acercarnos a él: ¿fué a la tercera la vencida? O las preciosas salidas a la Trinidad, Urbasa, Andia o Berian (“Ahí la peña San Donato” creo que sentenciaba el abuelo de Marilis). Pues bien, creo que la felicidad también es haber vivido todo aquello, que días y experiencias así formen parte de nuestra mochila vital, que tengamos con qué llenarla. Hace poco revivía -literalmete- un poco de todo ello con Beñat, cuando en nuestra travesía hacia Santiago atravesamos el río Salado, bajo el embalse de Alloz. Es bonito tener qué contar y, sobre todo, poder volver a vivir algo de aquello, aunque -necesariamente- de otra manera. Besarkada bat!

  2. Marilis dijo:

    ¡Pffff…! Leo tu post y la respuesta de Joseba, miro la estampa de Arizala y el dibujo de Buck y se me llenan los ojos de nostalgia: ¡cuántos y cuántos recuerdos! ¡cuántas caras, cuántos pares de ojos! Si cierro los míos, aún más recuerdos: los de toda una infancia…y me llegan los aires del valle de Yerri y rememoro su color cambiante según la época del año, y recuerdo el aroma de su tierra y el frío intenso del invierno y el atroz calor del estío: ” no se puede ni alentar”, decía también mi abuelo…Este fin de semana iré a Estella, son fiestas, pero es lo de menos…porque lo que me gusta, lo que me llena de vida es sacar la cabeza por la ventanilla según bajo Lizarraga y esperar a que de pronto surja ante mi vista el valle de Yerri y Arizala, y respirar muy hondo y…y por la noche, a pesar de que ya no está tampoco Robin, atravesar la verja de mi casa y dar unos pasitos mirando al cielo para descubrir admirada la hermosura del cielo cuajado de estrellas, las mismas que contemplaron mis ojos infantiles sembrados de promesas.
    Y si os animais, os propongo mesa, mantel y lo que surja…No sé si puedo prometer que la nostalgia del tiempo pasado no asome, así, sin ser invitada, silenciosa, en la sobremesa.
    Un beso.

  3. Joseba, foto histórica: años 80, con las Peugeot tras una épica jornada de sudor y barro junto al (fuera de encuadre) cerezo mutante, sí el cerezo que daba melocotones totalmente contra pronóstico: https://picasaweb.google.com/somportrafa/Villanueva#5636321194368284930

    Nostalgiar es un bonito verbo que Labordeta usaba con licencia poética. Echaremos de menos su figura paseando por Villanúa. Marilis, eso que propones es tentador, sobre todo lo de nostalgiar lo vivido a la sombra de la morera, como dice nuestro amigo, es una suerte tener tanto que nostalgiar.

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