Collarada

Pirámide somital de la Collarada al atardecer. Vertiente Sur.

Una pequeña mariposa ícaro reposa sobre un edelweiss bajo la pirámide cimera de la Collarada. Acaba de amanecer y, con sus alas plegadas,  me deja acercarme hasta casi tocarla, en unos minutos los primeros rayos de sol llegarán hasta donde está. Desplegará entonces sus alas en un derroche azul eléctrico y un nuevo día comenzará para ella.

El amanecer nos ha sorprendido aquí, por encima de los dos mil metros, después de haber salido de casa sigilosamente, cerrar la puerta sin hacer ruido y encaminarnos hacia el bosque a la luz de nuestras frontales. Me gusta salir así, cuando todos duermen, cuando algunos todavía no han vuelto. Procuro no contárselo a mis vecinos pero, aun y todo, a veces se enteran y advierto en sus miradas un gesto de reafirmación ¡ya decía yo!… Pues sí, señora, soy un tipo raro.

Estas salidas de madrugada me han permitido disfrutar de momentos especiales en la montaña, generalmente voy solo, a veces con Tula y ocasionalmente acompañado por algún amigo (es raro, poca gente está dispuesta a levantarse a las cuatro de la mañana para salir de paseo). Hoy ha sido una de esas afortunadas ocasiones, Josu viene conmigo a Collarada. Ayer corrimos la Subida a Peña Oroel y se queda un día más en mi casa, así que vamos a aprovechar para hacer una excursión que me apetece desde hace tiempo: las dos vertientes de la Collarada, subir por Villanúa y bajar por Canfranc. Nos escurrimos como dos sombras y remontamos rápido monte arriba bajo las miradas del bosque. Josu, menos habituado a estos encuentros, se sobresalta al ver un par de ojos en la espesura, brillantes a la luz de nuestro foco. Los ciervos merodean la Fuente del Paco a estas horas. Me gusta subir por el valle de Marañán, es el camino más cómodo, mucho más que la infame pedrera que remonta directa por la cara Sur, apropiada con nieve, pero una ascensión muy incómoda ahora en verano. Llegamos al pequeño llano al pie del collado de Ip en silencio, con el viento en contra, esperando sorprender a alguna manada de sarrios retozando todavía pero no hay suerte, están un poco más arriba, bajo la cima, observándonos sin el mínimo atisbo de nerviosismo. En la cima una nubecilla enganchada nos priva de las vistas y del calorcito reconfortante del sol. Nos abrigamos y compartimos charla y almuerzo al resguardo precario del vivac de Iñigo, un amigo de Josu que corrió también ayer la Subida a Oroel y estuvo aquí hace unos días haciendo noche. Ya ve señora, ¡hay más gente rara!

Mientras hablo con Josu pienso en el privilegio del que disfruto al compartir momentos así con esta gente joven. No se me ocurren muchas cosas cuya pérdida me quitase ni un solo minuto de sueño. Sin embargo, momentos como éstos cuentan entre mis bienes más preciados. Y no se contratan en una agencia de viajes, ni se compran en ninguna tienda superexclusiva. Hace años, yo tenía una relación parecida con Tito, ahora, treinta años después, entiendo su risa franca, su generosidad, su optimismo cuando estábamos en la montaña. Yo entonces no sabía que era mi compañía la causa de todo aquello.

La cima de la Collarada es un lugar formidable que domina todo el entorno. Hasta muy lejos. Hoy, sin embargo, la niebla nos impide ver. Iniciamos el descenso por la pedrera bajo el collado de Ip, junto a la enorme pared Norte que cae a pico sobre el ibón del mismo nombre. La cara Sur de la Collarada, la que vemos desde Jaca, es amable y accesible. Esta cara Norte, en cambio, es un enorme edificio de paredes de unos ochocientos metros de desnivel, agreste, inaccesible. Hace años los míticos hermanos Ravier abrieron una vía por esta vertiente. Aunque sus dificultades técnicas no eran grandes, es una vía que apenas se ha repetido. Viendo la estructura de la pared, uno imagina lo laberíntico de la ruta, su grado de compromiso y, según sus autores, lo descompuesto de algunos tramos. La cara Sur, por donde hemos subido, está despejada, pero aquí, en el circo de Ip, las nubes han quedado atrapadas en la compleja arquitectura de espolones y contrafuertes de la cara Norte. A uno le viene a la memoria el paisaje inhóspito y siniestro que dibuja Tolkien cuando describe Orodruin, la tétrica montaña de Mordor en “El Señor de los anillos”.

Uno no puede dejar de asombrarse en estos lugares de las fuerzas telúricas capaces de levantar montañas desde el fondo de los océanos. Bajando desde el collado se aprecia a mano izquierda una pared caliza perfectamente lisa y bastante vertical, pulida como la pared de un frontón. Josu me mira con escepticismo, al principio, cuando le cuento que esa superficie de roca estuvo una vez en posición horizontal, que fue el lecho sobre el que se deslizó un enorme glaciar y que esos surcos rectilíneos son los arañazos producidos por las rocas atrapadas en el fondo, arrastradas bajo la pesada carga de hielo valle abajo. La pared termina en un ángulo recto un poco más abajo y deja ver la estructura sedimentaria que la sustenta durante un centenar de metros, mostrándonos cómo, en el fondo de un mar primitivo, aquellas capas de sedimento se fueron acumulando durante varios millones de años hasta terminar abruptamente en el momento en el que, probablemente, el plegamiento que dio lugar a estas montañas elevó el terreno sacándolo primero fuera del agua y elevándolo después hasta este lugar. Tendemos a ver las montañas como algo inmutable, y lo son en nuestra escala fugaz de seres humanos. Sin embargo, hace tiempo que sabemos de la plasticidad de la superficie de nuestros continentes que chocan, se elevan, se hunden y se rompen de una manera parecida al caos producido sobre la superficie de la banquisa que cubre los mares helados. Bajando del collado de Ip se aprecia muy bien ese caos, los pilares que sostienen el edificio somital de la Collarada están formados por fragmentos gigantes que contienen sedimentos verticales aquí, horizontales un poco más adelante y diagonales más allá.

Tras un incómodo descenso por la pedrera, llegamos a la orilla del ibón de Ip, al fondo del circo. “…En todos los Pirineos no hay nada parecido al circo de Ip. Más pequeño que el de Trumouse, es aún más sombrío y extraño. Forma casi un círculo, dicho de otra manera, una prisión colosal, ya que apenas se abre al Oeste por el lugar en que el agua del ibón se escapa saltando hasta Canfranc entre enormes precipicios…” “Aun con el sol más brillante, este circo inspira espanto; hace pensar en los templos griegos consagrados al Miedo…” “Del mismo modo que me habría gustado quedarme en la cima iluminada de la Collarada, así deseaba ahora huir de aquel horrible lugar donde todo parecía maldito, a pesar de la suave luz con que lo adornaba el sol poniente…”

Quien así se expresa es el conde Russell en 1876. El lugar es realmente árido y salvaje y los agrestes picos que lo rodean cerrando el horizonte, en general quebrados y rotos, contribuyen a crear una sensación de caos y de opresión que sobrecoge un poco.

El descenso a Canfranc es rápido y poco a poco la vegetación vuelve a adueñarse del paisaje, haciéndolo más amable y acogedor a medida que perdemos altura. Caminamos durante un rato sobre el lecho de un antiguo mar, en su fondo arenoso, además de las conchas de algunos moluscos, han quedado dibujados los moldes rocosos de unos hermosos erizos del tamaño de un puño. Llegados a Canfranc, sólo nos queda seguir el Camino de Santiago hasta Villanúa para cerrar el círculo que iniciamos nueve horas atrás. Apenas un paseo, que se nos hace duro ahora que el calor aprieta.

Sentado cómodamente después del baño en la piscina y una buena cerveza, contemplo la imponente montaña frente a mí y pienso que caminar es la forma más primitiva de medir las distancias, anterior a los convencionalismos de las distintas medidas que el ser humano ha utilizado a lo largo de la Historia. La que, de alguna manera, nos enfrenta en la misma escala a objetos gigantescos como una montaña. Subir un monte es, no sólo conocer su aspecto, su forma, sus paisajes ocultos, es también ubicarlo y cubicarlo.

Hoy he completado mi geografía mental de esta región situando por fin la Collarada en su verdadera dimensión y no puedo dejar de mirar hacia su cumbre y admirarme de la inmensidad que abarco de un solo vistazo.

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