Suena bien, suena bien, ¡qué bien suena!

Sudo, jadeo y resoplo mientras peleo con esta maldita fisura intentando progresar por el diedro de áspero granito que se veía amable y transitable desde abajo. Parecía sencillo, una travesía de unos quince metros por una estrecha repisa hasta la base del diedro, desde ahí otros diez metros escasos a la plataforma que se adivinaba sobre ella. Parecía fácil. Pero los muy canallas se han quedado mirándome cuando he preguntado quién iba.

Vale, ya voy yo.

Resulta que la repisa se iba estrechando a medida que dejaba de ser plana para escorarse y hacerse cada vez más incómoda. Como poniéndose de acuerdo para escupirme fuera, la pared se extraplomaba al unísono con la inclinación de la miserable repisa. Al menos pude meter un clavo, pero ahora, a medida que progreso por el diedro, veo el clavo cada vez más lejos, el diedro también se extraploma y la fisura es demasiado ancha para clavar nada y demasiado estrecha para encajar siquiera la puntera de mis pesadas Galibier de cuero rígido. No tengo más remedio que subir haciendo una incómoda bavaresa que tensa mis antebrazos y fuerza mi espalda dejándome sin resuello, de vez en cuando trato de descansar encastrando un brazo en la ancha fisura para suspenderme de él mientras mis pies cuelgan resbalando como los de una marioneta. Unos metros más arriba la fisura se estrecha, mi objetivo es llegar hasta ahí para meter un clavo y asegurarme, solo tres metros más, tengo uno en uve colgando del costado, ese que se me clava todo el rato cuando me apoyo contra la pared en esta incómoda postura, que irá bien ahí. Sigo hacia arriba contorsionándome mientras la mochila me tira hacia fuera, la pared me tira hacia afuera, incluso las caras de acojono de mis dos compañeros en la reunión me tiran hacia afuera. Procuro no mirarles, no pensar, solo agarrarme y progresar, progresar hasta ese punto donde pueda colgar un estribo y respirar hondo. No pensar, una mano, otra mano, un pie, otro pie. No pensar. Ahora la fisura ya no me permite encastrar el brazo para colgarme y descansar, es demasiado estrecha para eso. Empieza la cuenta atrás.

Un escalador sabe perfectamente cuándo se enciende la luz de la reserva y sabe en cuánto tiempo le abandonarán las fuerzas. Es el momento angustioso previo a la caída, la caída nunca es angustiosa si sobreviene de improviso. No es desagradable cuando se rompe una presa o se calcula mal un movimiento dinámico. Lo desagradable es el momento previo, la inminencia de la caída.

Debo moverme rápido, sigo apenas un metro más hasta que mis dedos casi no caben en la fisura. Tiene que ser aquí. Trato de sacar el clavo con una mano, no, está al otro lado, siento como late mi corazón, cada vez más rápido, me duele el brazo. Encuentro el clavo, lo meto en la fisura y saco el martillo. No pensar. Tratando de no hacer movimientos bruscos para no resbalar, cojo postura y clavo, el sonido metálico resuena en el silencio del circo haciéndose más agudo a cada golpe, suena bien, suena bien, ¡qué bien suena! Ha cantado. Apenas me quedan fuerzas para sostenerme en esa postura unos segundos, pero ahora sé que lo conseguiré. Desenrollo el estribo que llevo en el costado, lo suelto de la cinta y mi mano termblorosa pasa el  mosquetón por el ojo de la clavija ¡Buuaaa! ¡Qué placer, qué descanso! Meto un pie en el peldaño más bajo y cruzo el otro por dentro, ¡Por fin! Paso la cuerda por el mosquetón y, con la cabeza apoyada contra la pared, me río, no sé por qué, pero me río. Miro a mis compañeros abajo, ellos no se ríen.

En aquella época escalábamos de otra forma, íbamos a la montaña de otra forma. Las botas rígidas no estaban pensadas para escalar haciendo acrobacias, no usábamos arnés y nos atábamos directamente a la cuerda con un nudo Bulin después de pasar un tirante por un hombro. No conocíamos todavía los fisureros y los friends no se habían inventado. Nuestro único recurso eran, además de las cintas para lazadas a picos o puentes de roca, los clavos, planos, en l, en u, en v, pitonisas, de acero o de hierro dulce maleable, de todos los tamaños imaginables. Para fisuras anchas se utilizaban tacos de madera, pero había que prever su uso, uno no cargaba la mochila con tacos de madera que además no se recuperaban. Asegurábamos a hombro o con nudo dinámico y rapelábamos, por supuesto, a pelo, como mucho con una cinta para proteger la entrepierna.

Una tarde, volviendo en autostop por una carretera perdida del Piri, Felipe Uriarte paró amablemente a Antxon y a Xanti para traerlos hasta casa. Enseguida se dieron cuenta de que la cosa era interesada, el respaldo del asiento del conductor de su Diane 6 no se sostenía y mis amigos pagaron el viaje sujetándolo. En ese viaje Felipe les contó que había una vía muy bonita en Piedrafita, por la arista Le Bondidier, que conducía de forma elegante hasta la Frondiella Oriental, dominando el valle de Vuelta Barrada y con magníficas vistas sobre la pared del Balaitus y las Crestas del Diablo. Unas semanas después, Xanti, Poto y yo, estábamos allí, al pie de la Le Bondidier. ¿Cuál es, ésta? No, esa. ¡Ah, vale! Esa era toda la información que necesitábamos. Afrontamos la arista por el contrafuerte que presenta hacia el ibón de Respumoso sin más guía que nuestra intuición que, obviamente, se demostró más bien escasa.

Alberto anteayer (como quien dice)

Unas horas después estaba yo sobre aquel estribo, jadeando y pensando, ahora ya sí, en las consecuencias de una posible caída unos segundos antes. Salir de allí fue sencillo y tras montar la reunión, encendí un cigarrillo mientras mis compañeros se impacientaban abajo. Me tomé mi tiempo antes de darles la orden de subir. No sé por qué, pero ahora, al paso de los años y con la perspectiva que eso da, tengo la impresión de que en aquella época me tocaba comerme todos los marrones de este tipo. ¿Sería porque era el benjamín del grupo?

Huelga decir que, tras la tardanza, ese día no hicimos la arista Le Bondidier, después de recorrerla durante un centenar de metros y mientras rapelábamos por un costado, nos dimos cuenta de que el acceso a la arista se hacía por una canal que quedaba a la vuelta del contrafuerte que nosotros habíamos escalado. Fácil y rápido.

(Dedicado a Alberto, con quien estuve el sábado después de muchos años, recordando aquellos tiempos. Poto y él me enseñaron y cuidaron de mí muchas veces,  justo es que de vez en cuando se aprovecharan)

Algunas imagenes de aquella época, entre 30 y 35 años atrás:

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2 respuestas a Suena bien, suena bien, ¡qué bien suena!

  1. Fui testigo del encuentro con Alberto, y solo deciros que es un placer compartir con buena gente, da igual donde, en el monte, en Finlandia haciendo fondo o en Donosti aprendiendo mucho de ceras. Ondo izan. Iñigo.

  2. Otro interesante relato de Rafa!!!

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