Un extraño viaje

Luis es un vecino de mis padres y compañero de trabajo de mi mujer desde hace años. Siempre ha practicado deporte y desde hace un tiempo corre. Como en tantos otros casos, la entrada en la cuarentena despertó en él la necesidad de correr, la Behobia jugó sin duda un papel importante como reclamo en esa llamada. Después de varias participaciones, el sueño de correr el maratón de Nueva York se fue instalando en su cabeza y la oportunidad se ha presentado para el año que viene. Decidió probar primero en casa y está inscrito en el próximo Maratón de San Sebastián, que se celebrará el 27 de noviembre. Previamente, como todos los años, se dirigió a Behobia con idea de participar en esta fiesta de las carreras populares y comprobar su estado de forma de cara al exigente reto de finales de mes.

Llegó a Irún en topo y tras caminar un rato en animada conversación con sus dos compañeros de viaje, se acercó a la salida con tiempo de sobra para los preparativos. Localizó el punto de salida que correspondía a su dorsal rojo y se dirigió a la zona de los camiones que transportan el equipaje hasta San Sebastián, se quitó el chándal, se puso la camiseta de tiras y anudó cuidadosamente las zapatillas. Se colocó el dorsal y el chip y tras darse vaselina en los lugares de roce habituales entregó la mochila y se fue a calentar, tenía todavía una hora hasta su salida. El tiempo pasó rápido en el ambiente eléctrico de corredores trotando, música, pantallas gigantes, saludos a conocidos, bromas… Ahora estaba solo en mitad de la muchedumbre, concentrado en sus pensamientos tras la pancarta de salida. Arrancó a correr con optimismo, su objetivo era bajar de la hora y media, tratar de batir de forma sustancial el 1:33:24 de la mejor de sus tres Behobias. Se sentía capaz de ello, este otoño había entrenado con seriedad, impulsado por la ilusión de preparar el maratón… su primer maratón.

Aunque hacía calor, los primeros kilómetros los corrió muy cómodo, se permitió incluso apretar para pasar un poco por debajo de la marca prevista en el km 5. La carrera se hará dura con este calor, pensó, esos segundos que rebajo ahora me servirán de colchón si al final no voy bien. La subida a Gaintxurizketa se le hizo, sin embargo, más dura que otros años, el día no ayudaba a correr, la verdad, y Luis iba mentalizándose para el sufrimiento que vendría más adelante. Miró el crono y se sintió reconfortado, seguía por debajo de sus previsiones más optimistas, pasó como una flecha, estirando a tope la zancada, por los toboganes de Lezo, si llegaba con ese margen al puerto tenía la posibilidad de hacer un marcón. Calculó que bebería en el avituallamiento de Lezo, a pesar del calor se sentía bien y no tenía sed cuando pasó junto a los vasos de agua del km 10, todo iba sobre ruedas. En Lezo cogió un vaso casi al vuelo, bebió apenas la mitad con dificultades y se echó el resto por la cabeza, no quería romper el ritmo.

Sin embargo, algo cambió de pronto al pasar el cruce de Lezo, la pequeña subida a la rotonda se le hizo inusualmente dura y el aliento de la cantidad de gente que se acumula en ese punto no le ayudó, como otras veces, a superarla sin dificultad. Entró en el Puerto de Pasajes, un lugar que siempre se le hacía antipático y las buenas sensaciones de la carrera se evaporaron de pronto, seguía bien de tiempos pero su cuerpo empezaba a quejarse, tenía sed y pese a sentirse asfixiado por el calor, notaba una extraña sensación de frío en las piernas. Preparó su mente para el sufrimiento que le separaba de la meta en el Boulevard y apretó los dientes.

El Puerto de Pasajes es un lugar que a la gente se le atraganta, es duro, desolado, hay poca gente animando y hay zonas donde el sol te da de lleno. A mí, que soy un poco raro, me gusta, es el único sitio donde puedo correr de verdad, donde el ritmo lo impongo yo y no el perfil del terreno, siempre cuesta arriba o cuesta abajo hasta ese punto, yo siempre digo, desde mi mentalidad de esquiador, que es el único sitio donde puedo deslizar. Una vez que llegue al pie de la cuesta de Contadores, que sea lo que dios quiera, pero en el Puerto, zapatilla.

Esta vez, Luis llegó al pie de Contadores deshecho, roto, todo el cansancio y el malestar de ese día bochornoso le sobrevino de repente, ya no tenía ni sed, el salitre del sudor se le había quedado pegado, seco y áspero sobre su piel y le picaba. A mitad de la cuesta de Contadores aquel frío extraño que sentía en las piernas se había ido apoderando de todo su cuerpo mientras se arrastraba. Llevaba rato sin mirar el crono, le daba igual, solo había sitio para una única idea, una idea fija en su cabeza… llegar. Cerró los ojos durante un tiempo que se le antojó interminable mientras reunía todas sus fuerzas para seguir corriendo, cuando los abrió vio que apenas había avanzado unos pocos metros. Los volvió a cerrar para tratar de concentrarse en el esfuerzo y seguir apretando. Apenas oía el griterío de la gente que se apelotonaba a los lados de la carretera animando. Llegar. Solo una idea fija. Correr. Correr para llegar. Volvió a cerrar los ojos haciendo un esfuerzo para no caminar y pensó que, si se distraía un poco, quizá sufriría menos. Empezó a pensar en el trabajo en el hospital, en aquél anciano diabético tan mal controlado y que tanta guerra le estaba dando. Abrió los ojos y allí, al fondo, vio el edificio del restaurante Arzak ¡Venga Luisito, esto está hecho! Unos metros más y todo cuesta abajo, volvió a cerrar los ojos y pensó que, bueno, para lo que quedaba de cuesta, bien podía darse el lujo de subir caminando, aflojar un poco, relajarse, relajarse…

Abrió los ojos y por un momento pensó que se le nublaba la vista, los colores de las camisetas de los corredores que le rodeaban hacían unos reflejos extraños, un brillo irisado casi le deslumbró, le pareció como si la luz se refractara a través de una bolsa de suero, colgada de su percha, de las que usaban en el hospital. Trató de fijarse mejor y, aunque de manera confusa, acertó a identificar el frío mobiliario hospitalario en la habitación desnuda. Las luces chispeantes de los monitores, las bolsas de suero bamboleantes, colgadas efectivamente de sus perchas, quería hablar pero no podía, le dolía la garganta y apenas podía despegar sus labios resecos, un pequeño comando de médicos y enfermeras deambulaban a su alrededor, recorriendo el espacio entre las camas rodeadas, como la suya, de aparatos, cables y tubos.

(Mi mujer acaba de llegar de trabajar y me ha dicho que a Luis ya le han bajado a planta, ha pasado más de 24 horas en la UCI del Hospital Donostia, se desvaneció en la cuesta de Contadores el domingo al mediodía y no recuperó la consciencia hasta las cinco de la tarde. Entró en Urgencias con un golpe de calor debido a la deshidratación que puso en serio peligro su vida. Idoia ha hablado con él y le ha confirmado que, efectivamente, apenas bebió, se echaba el agua por la cabeza para mitigar el calor. Su mujer subía con los niños de vuelta de ver la carrera en autobús a casa y comentó con Idoia que no había visto pasar a su marido, Idoia tampoco le vio. A las cuatro de la tarde, desesperada, llamó al hospital donde le informaron de la situación. Sí, estaba allí, en la UCI, inconsciente… Imaginaos el susto).

Dos consejos para terminar: El primero, bebed, bebed siempre, bebed antes, bebed durante. Si es preciso, caminad para beber; si es preciso, deteneos para beber, vuestra vida puede depender de ello. Y el segundo, cuando os coloquéis el dorsal, apuntad un teléfono de contacto en el lugar reservado para ello. Así podrán avisar a vuestra familia y ahorrarle horas de sufrimiento extra.

Por lo demás, seguid disfrutando del placer de correr y poner vuestro cuerpo a prueba, ¡siempre dentro de lo razonable!

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2 respuestas a Un extraño viaje

  1. A mi tambien se me hizo muy dura la Beobia del Domingo y eso que he corrido mas de veinte. A mi se me atraganto ya en la subida de Gaintxurizketa, el calor apretaba de lo lindo…, eso si yo bebi en cada avituallamiento, un vaso para dentro y otro vaso por la cabeza. Por cierto Rafa a mi me pasa lo mismo que a ti en el puerto…, efectivamente es el unico sitio donde se puede deslizar…, ademas el domingo si te pegabas mucho a la izquierda un tramo largo lo podias hacer a la sombra. Bueno y lo mejor…, que Luis se recupere…., que aprenda la leccion…, y que no pierda la ilusion de hacer la maraton de New York…, que es una puta maravillla. Eso si…, que se olvide de hacer tiempos…, a Nueva York hay que ir a disfrutar y hacer turismo…, conociendo una ciudad y sus cinco barrios en un paseo ligero de 42 km. y 195m.
    Ondo izan.

    • Luis está ya en casa y bien, aunque un poco acojonado después del susto. Creo que, al menos por una temporada, lo del maratón ni se lo plantea.
      La carrera de este año ha sido dura sí, aunque seguro que recuerdas ediciones parecidas, incluso peores por el viento. El domingo hizo calor, pero apenas viento. Yo regulé muy bien, bebí mucho y llegué muy entero (eso sí, un par de minutos por encima de lo previsto ¡no problem!).

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