Entrenar por sensaciones ¿Un pecado?

Hay un sistema muy simple de cuantificar la carga de trabajo, una cosa tan tonta que se llama “Rango de esfuerzo percibido” o RPE (Rate of Percived Exertion, que en inglés suena como más científico), donde uno cuantifica la intensidad del esfuerzo de 0 a 10, por ejemplo, dentro de una escala que podía tener su correspondencia con ítems del tipo “así hasta el fin del mundo” o “¡Uf! no sé si podré! o ¡Joder, para ya, que te mueres! Esto sí que es entrenar por sensaciones. Pues bien, el RPE o escala de Borg ha demostrado ser igual de fiable que la frecuencia cardíaca a la hora de evaluar la intensidad del esfuerzo individualmente en un sujeto.

Cuando mi amigo Joseba empezó a correr se solía quejar bastante, creo que su escala subjetiva o de esfuerzo percibido estaba mal calibrada, le pasaba lo mismo cuando tenía un catarro. Y le sigue pasando.

No me gustan los juguetes tecnológicos, al menos los electrónicos. Me dejan bastante indiferente las mil prestaciones de un teléfono móvil más allá de que sirva para hablar por teléfono. Lo mismo me ocurre con los ordenadores, los tablets, las cámaras de fotos, los gps y, naturalmente, los pulsómetros. No os digo ya lo que me parece la cosa esta de la tecnología táctil, yo me quedé en la era del botón, evolucioné de la palanca y la manivela de mis abuelos o la rueda de los teléfonos de cuando era pequeño al botón como un gran avance. Sin embargo, lo de manosear en la pantalla no va con mis dedazos muchas veces manchados de sudor, de barro, de ceras u otros pringues variados.

Hago uso, sin embargo, de mucha de esa tecnología y he tenido, cómo no, varios pulsómetros. ¿Entrenar con ellos?… un coñazo. Muy científico, muy preciso, muy útil… pero un coñazo. Después de pasar por varios modelos, he vuelto al cronómetro de toda la vida, ese que memoriza sesiones de entrenamiento y vueltas: punto, no necesito más. Eso se acerca bastante a lo que llaman entrenar por sensaciones. Vale, muy bien, entrenar por sensaciones. En realidad, a las olimpiadas que yo persigo se puede llegar sin mucho más.

Con mi cuñado en Arnedillo, baños y carreritas, ¡qué lujo!

Entrenar por sensaciones no está muy bien visto en el deporte de rendimiento. Últimamente, como todo se traslada sin modificaciones al mundo de los populares, tampoco en éste. Cuando uno tiene un entrenador que planifica nuestro entrenamiento y controla unos resultados, cuanto más objetivables y medibles sean los parámetros, mejor. Eso permite un feedback apropiado para corregir errores, ver la evolución y modificar, si es preciso, los planes. El entrenador no está en nuestra cabeza (aunque debe intentarlo).
Ahora bien, el peligro de tanto dato, creo yo, está en que el deportista entrene mirando a la pantalla del ordenador, o a la de su pulsómetro, cuando debería estar mirando hacia adentro. Nuestro cuerpo es un mecanismo de precisión exquisita, mucho más que cualquier artilugio que colguemos de nuestra muñeca y está lleno de sensores que captan y nos envían información. Además, ocurre a veces que el deportista se infantiliza, se vuelve muy dependiente de lo que le diga la persona encargada de interpretar los datos, descargando su responsabilidad y dejando de atender esa información tan significativa a la que solo él puede acceder.

No estoy diciendo que no se deba entrenar con pulsómetro, que uno no deba realizar entrenamientos planificados dentro de unos márgenes predeterminados de frecuencia cardíaca para obtener unos resultados concretos. Lo que digo es que hace falta algo más que eso. Por ejemplo, conseguir indicadores fiables que nos adviertan de que estamos traspasando la delgada línea que separa el máximo rendimiento del sobreentrenamiento, es muy difícil. Los hay, pero son difíciles de interpretar porque la diferencia entre  la fatiga por la carga de entrenamiento y el resultado del sobreentrenamiento suele ser indistinguible. Normalmente, para cuando el sobreentrenamiento se manifiesta abiertamente, es ya demasiado tarde. En este sentido hay autores que sostienen que la monitorización del estado de ánimo del deportista mediante los medios adecuados (cuestionarios específicos tipo POMS) es más sensible para detectar situaciones de falta de asimilación de la carga que ningún parámetro fisiológico.

Así que, ¡atentos a las sensaciones!

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