Un lunes horroroso

A veces las cosas vienen torcidas. Uno las espera en el lugar de siempre, en la postura apropiada, esa que ha aprendido por experiencia que es la más conveniente para verlas venir y esquivar los golpes con un preciso movimiento de cintura. Pero basta que te confíes para que todo se salga del guion establecido y, describiendo una trayectoria inusual, los acontecimientos cotidianos te den de lleno en las narices.

Mi madre tiene ochenta y dos años y vive sola, algunas mañanas antes de ir a trabajar le hago una visita en la que hablamos de nuestras cosas. A veces, hoy por ejemplo, la conversación se tuerce y reñimos. Reñimos bastante, es una de las pocas personas con la capacidad de sacarme de mis casillas. Aunque creo que éste de reñir conmigo es un deporte saludable para ella, tener una pelotera con tu madre anciana no es la mejor manera de empezar el día.

Me voy a trabajar echando humo y cuando llego me entero de que el ayuntamiento se ha empeñado en torcerme también el día cortando el agua para toda la mañana y no puedo trabajar. Encuentro a Mónica tratando de reajustar la agenda para meter a la gente entre citas y hay un paciente que no ha encajado bien el cambio y discuten. Nueva pelotera. Dedico la jornada a tratar de resolver asuntos pendientes sin mucho éxito y, cuando a última hora miro la pila de facturas que tengo que ir organizando para la declaración de Hacienda, no puedo evitar el pensamiento de siempre: ¡que le den!

Mientras como, llamo a mi madre y, en vez de arreglar el asunto, nos enredamos de nuevo y lo torcemos más. A primera hora de la tarde acompaño a mi hijo a la ortodoncista y de allí salgo disparado a una reunión en el club donde me entero de un asunto retorcido que me produce escalofríos.

¡Ah! Se me ha olvidado contar que, antes de ir a casa de mi madre, ya he salido rebotado del médico tras nuestras discrepancias sobre la prevención de mi salud y el sempiterno ¡por si acaso te hago un análisis! ¡Joder, yo solo quiero que me quiten los tapones de los oídos!

Por fin, a eso de las ocho y media me dispongo a ponerme mis “viejas zapatillas” y salir a entrenar. Miro el cuaderno. ¡Glub! Casi me tengo que sentar, pone lo siguiente: 3+3 CA. Eso significa dos series de tres cuestas en el Parque de Aiete.

El parque, llano en su parte superior, cae sobre el barrio de Morlans por la ladera Este de la colina de Aiete, el camino allí, a través del tupido bosque, salva un considerable desnivel en un recorrido que utilizo para hacer series. Normalmente hago series largas en llano, de uno o dos kilómetros, excepcionalmente más largas, 3 km, o más cortas, 500m. Además, suelo hacer series en esta cuesta al lado de casa, que subo en 3:15 normalmente, en un poco menos que 3:00 cuando estoy fuerte, y que es mi particular mordarbacken* y una prueba de esfuerzo que me da la medida exacta de mi estado de forma, después de tantos años.

3+3 CA, lo vuelvo a leer, incrédulo, ¡quién habrá sido el hijo de… que ha escrito esto con mi puño y letra!

Obviamente, se impone un cambio de planes. Dudo entre una cervecita mientras hurgo en internet o ponerme las zapatillas, efectivamente, para trotar un rato. El tiempo está lluvioso, aunque en este momento no cae. Opto por la segunda opción y, con más pereza que la habitual, salgo a correr. En estos casos suelo posponer la decisión última y me digo “tú sal, si en 12 minutos sigues sin ganas, te vuelves” (tienen que ser 12, es una especie de ritual), la cosa suele funcionar, normalmente a los doce minutos ya he metido la segunda y ya no me compensa dejarlo.

La cuestión es que ahora, después de haberme mojado hasta los huesos corriendo bajo la lluvia durante mis cuarenta minutos de carrerita, pospongo el momento de salir de la ducha, rodeado de vaho y buenas sensaciones. Los problemas parecen haberse diluido y los nubarrones que me han estado acechando durante todo el día no los veo tan negros.

No sé si el entrenamiento habrá servido de algo, si habré mejorado o no mis capacidades físicas con el trabajo de hoy. Pero ¡qué coño! El deporte sirve para algo más que eso ¿no?

¡Ahora sí que me voy a tomar esa cerveza! Y luego le llamo a mi madre.

(*) A los que visteis el otro día la carrera de esquí de fondo de Falun no hará falta que os lo explique, la “mordarbacken” o “murder hill” es una cuesta bestial a la que los esquiadores se tienen que enfrentar en cada vuelta a ese circuito.

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4 respuestas a Un lunes horroroso

  1. marilis dijo:

    Supongo que no te enfadarás si te digo que me ha dado la risa…Definitivamente, hay días torcidos, muy torcidos, y justamente esos días hay que buscarse alguna alternativa; a lo mejor empiezo a correr (ja, ja…) en lugar de cebarme con la tableta de chocolate! Y sí, tómate la cervecita y llámale, ¡pero no riñas!
    Buenas noches

  2. Eh, Rafa entiendo tus reflexiones como si fueran de mi puño y letra…, por eso yo salgo a entrenar a entre las 6:30 y las 7:45 horas de la mañana…, asi ya no hay quien me “joda” el dia…., y eso que cada dia hay un monton de gente que esta dispuesta!!!
    Ondo izan. Iñigo.

  3. Queria decir entre 6:30 y 6:45…., horario de salida!!!

  4. ¡Joder Iñigo! Siento una profunda admiración por la gente que madrugáis para correr antes de ir a trabajar (en serio). Yo habitualmente lo hago al mediodía, cuando ya mi cuerpo se ha puesto en marcha, el gran enemigo suele ser el hambre si no me acuerdo de picar algo.
    Marilis, me alegro de que estés pensando en empezar a correr (también ja, ja…).

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