La Higa de Monreal, los sabios y el gato de Schrödinger

No es el gato de Schrödinger sino el de mi madre. Su nombre era Tycho (por Tycho Brahe, el astrónomo de la nariz de plata)

Ayer salí de Villanúa en medio de una buena granizada y con el pronóstico de nieve por encima de ochocientos metros para el fin de semana, después de unos días en los que las nevadas, débiles pero suficientes, nos brindaron unas bonitas mañanas de esquí en Astún. Pasé junto a la Higa de Monreal que lucía su mole enorme en una preciosa tarde de primavera, azul intenso con algunas nubes sobre Etxauri cerrando el horizonte en el país del sirimiri al que me dirigía. Tonos cálidos de atardecer y un verde más intenso del cereal, mojado por algún chaparrón disperso, subrayado por la  luz oblicua del sol. Daban ganas de salir a dar una vuelta y respirar hondo.

Estos últimos inviernos una discusión tonta se ha colado entre los argumentos de conversación en mi coche, camino de la nieve, cada vez que pasamos junto a la Higa. El origen está en una teoría empírica, sostenida por algún pamplonica, supongo, que dice que las condiciones meteorológicas en la cima de la Higa de Monreal se corresponden con las de Candanchú. Si aquí está nublado, en Candanchú también. Si aquí está despejado, en Candanchú también. Hay defensores y detractores de la teoría, que discuten con entusiasmo en cada viaje. La verificación efectiva de la hipótesis se muestra tan escurridiza como el célebre gato de Schrödinger.

Ya sabéis, no es que no sepamos si el gato está vivo o muerto antes de abrir la caja, eso no tendría chiste. La cuestión, según la física cuántica, es que el bicho está a la vez vivo y muerto y cuando abrimos la caja, nuestra intervención es la que determina el estado final del animal.

Las cosas que los físicos cuánticos nos quieren hacer creer se parecen a los numeritos de los magos y sus chisteras. Albert Einstein ya nos obligó a desconfiar de nuestro sentido común, desarrollado para desenvolverse en un universo de dimensiones reducidas, y hacernos creer que la chistera de Riemman, el amigo de Gauss, era algo más que un juego matemático lleno de conejos, que, en realidad, los que estábamos equivocados éramos nosotros, despistados habitando un espacio curvo sin enterarnos. Sin embargo, las propiedades de ese Universo a la escala más reducida, son todavía mucho más fantásticas que las descritas por esta panda de excéntricos. Richard Feynman debió decir una vez que si alguien sostenía que entendía la mecánica cuántica, es que no la había entendido en absoluto.

Para mí, el principio de incertidumbre de Heisenberg y, en general, la concepción probabilística del mundo que sugiere la mecánica cuántica, esa que repugnaba tanto a la mentalidad determinista del propio Einstein (su célebre “Dios no juega a los dados”) fueron un alivio filosófico que me reconcilió con mi naturaleza caótica, improbable e imperfecta. El otro gran descubrimiento que me hace sonreír de satisfacción es que la evolución se sustenta en errores de replicación del ADN, si esa multiplicación fuera perfecta, no estaríamos aquí.

¡Viva la imperfección, viva la casualidad, viva la incertidumbre!

Pero, no nos equivoquemos, el mago con su chistera es un simple aficionado, sus numeritos son una ilusión, un vacuo engaño a nuestros sentidos. La mecánica cuántica en cambio, nos describe un mundo incomprensible pero real, tan incontestablemente real que buena parte de los grandes avances tecnológicos que hoy se aplican en la medicina, en las comunicaciones o en la industria, se basan en esas leyes, en esa interpretación aparentemente absurda de la naturaleza que hace el Modelo Estándar de la física de partículas. El propio Hawking dice que quiere matar él mismo al gato de Schrödinger, pero una de sus grandes aportaciones se sostiene en algo que se llama la fluctuación cuántica del vacío, esa fluctuación en el horizonte de sucesos de un agujero negro podría vaciar su contenido, reconciliando estos extraños objetos con las leyes férreas de la termodinámica. Hawking, con ese sentido del humor que le caracteriza, impropio en apariencia para un hombre en su situación, dice que nunca le darán el Nobel, nadie va a ir allí a registrar la radiación de Hawking de los agujeros negros para ratificar su hipótesis.

Es éste el último aspecto de la ciencia que me reconforta, el sentido del humor de muchos grandes sabios. En general, tenemos la idea del científico serio, absorto en su investigación y desconectado de la realidad, sin embargo, la historia de la ciencia está repleta de grandes mentes entre cuyas capacidades está la de reírse del mundo y de sí mismos. El propio método científico ayuda, la célebre frase de Groucho “éstos son mis principios, si no le gustan, tengo otros” es aplicable a la ciencia. Los supersticiosos detractores, que los hay, califican la ciencia como otra religión. Perfecto, pero es una religión dispuesta  a cambiar de paradigma ante los nuevos hechos y reírse de su historia pasada. Ha sido así desde la concepción precopernicana del cosmos hasta las nuevas teorías de unificación. ¿Qué religión está dispuesta a hacer ese ejercicio de humildad? Ante los límites del conocimiento, la ciencia se encoje de hombros y reconoce su ignorancia, la religión pergeña sus supersticiones absurdas e indemostrables para no reconocerse humilde, ¿os habéis fijado lo serios, circunspectos y pomposos que son sus sacerdotes? ¿y lo convencidos que parecen? Cuanto más grande sea la mentira, más convincente debe ser el mentiroso. La ciencia también tiene su propia liturgia, pero es, en todo caso, mucho más divertida, el artículo que ofreció al mundo por primera vez la explicación del big bang como teoría del origen del Universo lo firmaban Ralph Alpher, Hans Bethe y George Gamow, un personaje. Alpher era estudiante de Gamow y según parece fue cosa de éste último incluir en el artículo el nombre de Bethe para que su teoría del origen de todo la firmaran con las tres primeras letras del alfabeto griego.

El mundo puede ser, además de imperfecto, casual e incierto… divertido.

Vuelvo, después de tanta divagación, a la Higa de Monreal, el caso es que cuando, después de pasar junto al monte con buen tiempo, llegamos a Candanchú con buen tiempo, los partidarios de la teoría encuentran argumentos que la ratifican. Sin embargo, cuando llegamos y allí hace malo, ellos, convencidos, sostienen que en la Higa el tiempo habrá empeorado en ese lapso de tiempo. Yo no me pronuncio, pero hago la advertencia, según la metodología científica eso no es una teoría. Al menos, no una teoría científica. La condición indispensable para elevar una propuesta a esa categoría es que sea falsable, es decir, que la observación o la experimentación puedan demostrar su validez o falsedad, cosa que, según parece, no podemos hacer en nuestro coche.

El 6 de mayo se corre la Xtreme Higa de Monreal, una carrera de montaña que pasa por su cima. Si voy y llego arriba en condiciones, trataré de mirar al horizonte, en dirección a Candanchú, para intentar recoger datos que contribuyan a establecer la validez de la hipótesis, o su falsedad.

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4 respuestas a La Higa de Monreal, los sabios y el gato de Schrödinger

  1. josuerki dijo:

    ¿ imperfección, casualidad, incertidumbre? nada de eso!! eso es científico y no hay lugar para plantear ninguna discusión. Y eso es así! algún día te lo demostraré Rafa, y verás que el empirismo surte efecto!

    bonito post!

    josuerki

  2. marilis dijo:

    ¡Genial! Muy, muy divertido…pero hay cosas no discutibles: seguro que josuerki tiene razón!!! Ja, ja…

  3. josuerki dijo:

    Marilis, no tengas ninguna duda!!jajaja!

  4. Rafa Hernández dijo:

    Preciosa reflexión. Para mi particular libro de citas te robo una “Cuanto más grande sea la mentira, más convincente debe ser el mentiroso”.

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