Kurt Diemberger, “El séptimo sentido”

Kurt Diemberger es un himalayista superviviente de un tiempo épico en el que todavía había ochomiles vírgenes que ascender. Quien compartió cuerda con Herman Bull  o se enfrentó a míticas vías alpinas como la Norte del Eiger o la integral a la arista del Peuterey en un tiempo en que estos retos tenían todavía el sabor del límite, tiene que tener, forzosamente, una visión histórica del montañismo que vale la pena conocer.

Para mí, Kurt Diemberger fue un referente personal a partir de la lectura de “Entre cero y ochomil metros”, lectura adolescente de un relato cargado de lirismo que avivó la llama de mi afición por la montaña hasta convertirla en un incendio. Sus dos libros supusieron un principio y un final en mi visión del montañismo. “El nudo infinito” me descubrió la miseria humana y el egoísmo de una forma de interpretar este deporte, ajena por completo a los valores que generaciones de montañeros habíamos compartido y que se ha impuesto, con más fuerza si cabe desde aquel trágico 1986, en las grandes cimas del Himalaya.

Ahora, “El séptimo sentido” reposa sobre mi mesa en la pila de lecturas en lista de espera, un amigo me lo regaló hace unos meses junto a una viva recomendación. El libro se publicó en 2007 y no quise saber nada de él. Tal fue el impacto y el mal sabor que me dejó “El nudo infinito”. En aquél campamento de altura en 1986 en el K2, el admirado y viejo Kurt dejó algo más que el cuerpo sin vida de Julie Tullis, su descenso agónico fue un verdadero descenso a los infiernos y sus heridas, mucho más profundas que las de esos dedos amputados, se descubren al paso de cada una de esas páginas terribles.

Dicen que el libro de Krakauer sobre la tragedia del Everest en el 96 es un bestseller. Yo no lo he leído, ni tengo la menor intención de hacerlo. Quizá nuestra sensibilidad hoy esté suficientemente endurecida como para entretenernos con una lectura macabra de este tipo, “El nudo infinito” fue un golpe inesperado del que me costó reponerme y, desde luego, ubicó ciertas actividades, supuestamente elogiosas para los medios, en un lugar muy poco honorable.

Mi viejo ejemplar de “Entre cero y ochomil metros” tiene las tapas ajadas y descosidas después de tantos años (lo compré en el 77), lo he releído varias veces y he compartido su lectura con otros. De hecho, ahora lo tengo prestado, aunque no sé si, quien lo tiene, lo va a disfrutar como el libro merece.

Miro y remiro “El séptimo sentido”… este verano lo leeré.

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