La última hoja del otoño

Teresa salió de la casa y se sentó sobre la vieja banqueta, el sol cicatero de noviembre calentaba todavía aquella parte de la fachada y el lugar invitaba al descanso. Llevaba varios días organizándolo todo, tirando objetos viejos e inservibles que llenaban los rincones de la casa, deshabitada desde hacía varias décadas, limpiando, apilando cuidadosamente todo aquello que pudiera ser de cierta utilidad. Se sentó junto al abedul desnudo de follaje con el libro polvoriento en las manos, dispuesta a tomarse un respiro. Contempló el paisaje, verdaderamente espectacular, con el valle a sus pies latiendo perezoso a su ritmo pausado.

Había soñado muchas veces con este momento desde su jubilación. Tras la muerte de su madre, su único interés en la herencia familiar estaba en aquella casa de la montaña en la que recordaba haber pasado los mejores días de su infancia, correteando entre el ganado o saltando sobre el heno seco, almacenado para el invierno. Recordaba el aroma de las sopas de ajo que se cocían sobre la cocina de leña mientras el abuelo contaba historias de pastores y de lobos, de inviernos crudos de frío y hambre. El abuelo de Teresa era un hombre instruido, dadas las circunstancias, y sabía cosas sorprendentes sobre el mundo que le rodeaba, como los nombres en latín de todas las plantas y pequeños animales que encontraban a su paso o las razones por las que las rocas eran negras y ásperas en algunos lugares y suaves y de colores tenues en otros. A los ojos de Teresa, una buena parte de ese conocimiento provenía de un libro de tapas anaranjadas que el abuelo consultaba a menudo con deleite, pasaba horas mirando las láminas y repasando una y otra vez los pequeños grabados.

Ahora, aquel libro de Historia Natural reposaba sobre el delantal de Teresa, sentada junto a la casa, mientras sacaba las gafas de su funda.

Lo abrió con emoción. Y lo hizo justamente en la página de aquella ilustración que todavía recordaba: “Fig 421. – Estómago de rumiante”, en la que se dibujaban el esófago, el bonete, el libro, el cuajar y la panza, cuyas funciones el abuelo había explicado a Teresa tantas veces con detalle. A medida que pasaba las páginas, atrás y adelante, sin ningún orden, el recuerdo de escenas vívidas brotaba con un caudal abrumador. Cerró de golpe el libro. Al hacerlo, una hoja reseca de abedul cayó flotando suavemente desde su interior. Teresa la recogió para reponerla en su lugar y, al hacerlo, descubrió que había más, que, de vez en cuando, cada cierto número de páginas, una hoja de abedul se guardaba en el interior del libro desde vete a saber cuándo. El pulso de Teresa se aceleró mientras contaba las hojas de abedul, había diecisiete. No se lo podía creer, cada hoja iba acompañada de un pequeño rectángulo de papel con la anotación de una fecha y hora a lápiz: 25 de noviembre de 1962, 4:15 de la tarde, 12 de diciembre de 1964, 11:07 de la mañana, 6 de diciembre de 1967, 2:46 del mediodía… Teresa levantó la vista y la dirigió a la parte alta de la copa del abedul que tenía delante, donde apenas media docena de hojas amarillas se resistían a la evidencia de que las mañanas eran cada vez más frías y el cielo crepuscular se teñía de rojo cada tarde más temprano.

Y recordó una historia familiar. Desavenencias entre hermanos, de cuyas intrigas secretas Teresa nunca llegó a enterarse del todo, la habían separado del contacto con su abuelo antes de la adolescencia, nunca volvió a verlo, más que a través de la fría máscara de la muerte, que ocultaba su rostro tierno e inteligente durante el velatorio, muchos años después, una tarde de Navidad. El abuelo murió de neumonía en el invierno de 1972, tras un fuerte resfriado que arrastró durante varias semanas y del que no pudo reponerse. Sin embargo, su tía le mantenía informada. Entre otras muchas excentricidades del abuelo, había una “chaladura”, como ella decía, que irritaba especialmente a la tía. Durante años, al final del otoño, el abuelo se sentaba en su banqueta, bajo el abedul, a esperar la caída de la última hoja para recogerla. No es que el abuelo estuviera ya capacitado para hacer mucha tarea, pero siempre echaba una mano para apilar la leña cortada, ayudar en la preparación de la comida o dar de comer a las gallinas. Aquella absurda espera bajo el abedul lo imposibilitaba para toda acción, comía a toda prisa y se sentaba de nuevo en su puesto, a veces protegido del aguacero bajo el alerón del tejado, mientras sus manos, en apariencia torpes, pelaban con destreza una manzana con ayuda de su navaja. No descansaba, ni siquiera a la hora sagrada de su siesta, solo la falta de luz lo conminaba a recogerse en el interior de la casa al caer la noche. Esta chaladura del abuelo procedía, a decir de la tía, de la lectura de un cuento en el que el protagonista hacía exactamente eso, esperar a la caída de la última hoja del otoño, en el convencimiento del buen augurio que la posesión de tal objeto traería de cara al próximo invierno. Cuando el abuelo no conseguía su preciado trofeo, pasaba días taciturno, con rostro preocupado.

Repasando ahora las fechas, Teresa vio que las diecisiete hojas de abedul abarcaban un periodo de veintitrés años, es decir, hubo seis años en los que la última hoja había caído sin que pudiera rescatarla. La última hoja estaba fechada en 1969, tres años antes de su muerte, fueron tres desafortunados inviernos seguidos en los que el abuelo no pudo hacerse con la hoja, la última hoja del otoño…

Teresa cerró el libro y sacudió con cuidado el polvo, el sol había empezado a ocultarse y hacía frío. Entró en la casa y dejó el libro sobre la cómoda de nogal que presidía la decoración vetusta del comedor. Los días siguientes se abrigó bien para vigilar atenta el árbol, hasta que tres días después, una mañana sin viento, la última hoja tembló un momento en una especie de escalofrío para caer planeando a sus pies. La guardó en el libro y anotó: 26 de noviembre de 2012.

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4 respuestas a La última hoja del otoño

  1. marilis dijo:

    Pues mira, es precioso…Y me voy a la cama con la mirada un poco húmeda y la sonrisa en los labios. ¿Sabes?: he visto la casa, he olido las sopas de ajo, he visto las manos del abuelo pelando la manzana con la vieja navaja, he sentido su mirada vigilando ansioso el abedul, he sentido la emoción de Teresa recordando las viejas historias y mi mirada ha seguido la trayectoria de la última hoja en su caída…Y te he imaginado escribiendo este relato y qué quieres que te diga…que me encanta ser tu amiga. Besos.

  2. Miren Muñoz dijo:

    ¡eres un fenómeno Rafa!, ¡qué preciosidad de relato!

  3. Carlos dijo:

    A mi ya me hubiera gustado tener un abuelo con una txaladura asi. En fin es lo que tiene el otoño.
    Impresionante Rafa, una delicia leerte.

  4. Nelly dijo:

    El maravilloso relato me transportó a la época, a las circunstancias, a las actividades, con aromas y sensaciones. Se agradece enormemente que existan personas con esta capacidad de escribir de manera tan sublime que nos despierta las emociones a tal punto de hacernos partícipes de tan hermosa historia. Realmente fantástico, maravilloso, muy bonito. Comparto plenamente el comentario de Marilis.

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