Nos gusta creer en las mentiras que nos gustan. (Ibuprofeno, la otra Vitamina I)

ibuComo nos cuenta este artículo, el científico estadounidense David Nieman investigó los efectos del uso del antiinflamatorio Ibuprofeno, tan extendido entre corredores de largas distancias y en general en el deporte, en un grupo de ultramaratonianos, para llegar a la conclusión de que no hacía nada en ese contexto, de que el supuesto efecto benéfico de la risiblemente llamada “Vitamina I” se quedaba en agua de borrajas o incluso era perjudicial para su rendimiento. Tras comunicar el resultado científicamente razonado a los interesados, éstos mostraron su intención de seguir usándolo a pesar de todo.

No voy a expresar en este post la opinión que me merece el uso de un medicamento por parte de personas sanas, más de un medicamento no exento de efectos adversos serios como un antiinflamatorio de este tipo, buscando supuestos beneficios colaterales en una política (en este caso además ineficaz) de matar moscas a cañonazos… en fin, esa es otra historia. Lo que me resulta gracioso, tristemente gracioso, es ese afán de creernos las mentiras que nos gustan, o nos suenan bien.

Desgraciadamente hay mucho de eso en el deporte. Hay mucho en la sociedad en general, la credulidad y la falta de espíritu crítico nos han convertido en supersticiosos tecnologizados. Mi abuelo no tenía otro medio de hacer predicciones meteorológicas y le disculpo, pero ¡joder! en la era del meteosat y de los programas capaces de analizar millones de datos en sus potentes modelos teóricos, los informativos, al menos en el País Vasco, siguen hablando de la predicción de las Témporas que interpreta no sé qué fraile de no sé qué convento, mientras la pamema esa de la homeopatía se sigue extendiendo como una plaga, apoyando su justificación en base a un acto de fe que, personas instruidas y nada candorosas en otros aspectos, hacen sin pestañear. Triste, pero es lo que hay.

El artículo desarrolla muy bien, aplicados a la práctica médica, una serie de conceptos muy interesantes y que suponen un obstáculo verdaderamente difícil de sortear a la hora de que los hechos puedan imponerse a las creencias. El autor nos recuerda que tendemos a procesar la información a través de las creencias y no de los hechos. Más bien tratamos de modificar los hechos para ajustarlos a nuestras creencias, de manera que encajen en nuestro modelo mental. Para que éste no se resquebraje tenemos tres opciones: los hechos nos dan la razón reafirmando nuestro modelo, los deformamos para que encajen, o los rechazamos si no los podemos hacer encajar. Sin embargo, hay una cuarta alternativa: cambiar el modelo mental, el marco conceptual.

“Escepticismo” es una palabra cargada de connotaciones negativas en nuestro lenguaje coloquial, desarrollado en una cultura dominada por la religión y lo irracional, que refuerzan la fe sobre la razón. A pesar de que (o precisamente porque) la razón es la herramienta que el ser humano posee para entender el mundo y su funcionamiento, y para actuar en consecuencia. El escepticismo es la actitud mental necesaria y el pensamiento crítico el medio para acercarnos, aunque sea con limitaciones, a la realidad del mundo.

Uno de los aspectos que forman parte de este esquema mental en el que gestionamos el manejo del dolor y la enfermedad es, como dice el artículo, la “inclinación a la acción”, que afecta tanto a pacientes como a médicos. Ambos se sienten mucho más satisfechos si hacen “algo”: prescribir un medicamento, una prueba diagnóstica o incluso una acción terapéutica invasiva como una intervención quirúrgica. Por mucho que a veces la evidencia de los datos dicte la inoportunidad de alguna de esas acciones. Esta actitud no necesariamente obedece a razones espurias por parte del profesional, simplemente ha sido entrenado para la acción.

En el mundo del deporte ocurre igual, parece que uno pone más de su parte si, siguiendo esa “inclinación a la acción”, trata de resolver ese dolor lumbar yendo al fisio en lugar de descansar, si se da esa crema de calentamiento, se pone aquellas medias de compresión o se toma su dosis de ibuprofeno o “lo que haga falta”.

Si “lo que haga falta” viene envuelto en una apropiada campaña de marketing, cuela fijo. Hay ahí afuera un caldo de cultivo propicio en esta peña de obsesos del rendimiento, de pardillos dispuestos a anteponer sus logros deportivos a todo lo demás, ofreciéndose como conejillos de indias inconscientes e irresponsables. Conozco personalmente a quien llegó a hacerse una gammagrafía ósea por un dolor de espalda mientras corría 120 km a la semana después del trabajo.

Si afrontamos la lectura del artículo desde el escepticismo, con la mente abierta y el espíritu crítico necesario, quizá descubramos que no siempre lo que nos gusta creer es lo correcto. El uso del ibuprofeno por parte de los corredores, la indicación sistemática de mamografías para la prevención del cáncer de mama o el manejo del dolor lumbar son solo tres ejemplos de cómo afrontamos las pruebas que se enfrentan a nuestras convicciones.

A veces negamos lo evidente de los hechos porque nos gusta creer en las mentiras que nos gustan y nos ofrecen seguridad y confort.

Muchas veces preferimos la mentira, antes que la incertidumbre.

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Una respuesta a Nos gusta creer en las mentiras que nos gustan. (Ibuprofeno, la otra Vitamina I)

  1. Andu Mtez de Rituerto me facilita el acceso a este artículo: http://well.blogs.nytimes.com/2012/12/05/for-athletes-risks-from-ibuprofen-use/ sobre los riesgos del consumo sistemático de ibuprofeno en atletas, que hace referencia a varios estudios, entre ellos el de David Nieman mencionado en el post.

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