Y sin embargo se mueven

MalloakContemplo el paisaje a mi alrededor desde la cima del Balerdi, un monte precioso y altivo, en la sierra de Aralar, al que he accedido desde Gaintza. Puedo ver toda Gipuzkoa a mis pies, con su cubierta verde y sus suaves ondulaciones recostadas a la orilla del Cantábrico, que cierra el horizonte al Norte. Tierra adentro, a lo lejos, distingo el Bisaurín y la Collarada, brillantes y cubiertos de nieve.

Los continentes son un océano de roca en el que las corrientes empujan, chocan y rebotan dibujando las rugosidades de su superficie. La geología nos ha enseñado muchas cosas durante la segunda mitad del siglo XX, después de que Alfred Wegener se empeñara en demostrar aquella idea delirante.

La inmutabilidad del marco geológico en el que se desarrollan nuestras vidas, incluso las de las generaciones precedentes que construyeron la Historia, es algo que aceptamos de forma natural. Asumimos que haya pequeños cambios en el relieve de una montaña debidos a la erosión o al cambio del clima, un desprendimiento, la reducción en la extensión de un glaciar, desviaciones en el curso de un río, en fin, pequeños detalles sujetos a esos fenómenos erosivos. Sin embargo, la deriva continental es una idea formidablemente descabellada, que choca de manera frontal con nuestro sentido común.

Imagino a Wegener subiendo a una montaña como ésta para, dejando a un lado sus prejuicios, hacer el ejercicio mental de aceptar esa idea que bullía en su mente, que una placa continental no es tan sólida como parece y que flota sobre una masa menos sólida todavía, como supimos después, moviéndose arrastrada por las corrientes de ese magma profundo: de pronto la dinámica de la formación de los relieves se mostraría de manera absolutamente coherente, el juego de fuerzas de construcción y destrucción que dibuja el paisaje pasaría a ser un juego de reglas evidentes, incontestables. Wegener dedicó buena parte de su vida a reunir pruebas que avalaran su hipótesis.

Según los mapas geológicos, los sedimentos que forman las Malloak, que tengo justo delante, pertenecen a finales del Cretácico, aunque, a medida que alejo la vista hacia Irumugarrieta y el más lejano Tuturre, retrocedo en el tiempo hasta el Jurásico, un viaje de muchos millones de años, desde los 65 hasta los 200. Estos sedimentos se fueron depositando en el fondo de un océano durante nada menos que ciento cincuenta millones de años, lentamente, suavemente, el limo, los cadáveres de las criaturas que lo habitaban, los seres microscópicos o los caparazones calcáreos de los habitantes de aquellos mares se iban depositando, capa sobre capa, soportando el peso de los sedimentos superiores y del propio mar. Hasta que, de pronto, bruscamente a escala geológica, dos placas continentales chocaron con toda su fuerza telúrica incalculable durante la orogenia alpina, que tuvo su momento álgido después del Eoceno, hace como 30 millones de años, aunque continúa todavía hoy, perturbando la paz de aquel fondo marino y poniéndolo todo patas arriba para hacer emerger todo a la superficie creando estas montañas.

fósil5-001Como testigos de aquellos tranquilos fondos marinos, estos sedimentos nos dejan a la vista en algunos lugares los fósiles de criaturas que los habitaban, como los ammonites extinguidos en aquel paso crítico del Cretácico al Terciario.

Sentado aquí, contemplando esas rugosidades del relieve que tanto me gustan, no puedo evitar una cierta sensación de vértigo ante la magnitud del paso del tiempo. ¿Habremos dejado fósiles los humanos dentro de sesenta y cinco millones de años?

Mientras se depositaban los sedimentos marinos que hoy forman el Tuturre, los continentes estaban todos reunidos en aquel supercontinente gigantesco, llamado Pangea. No sé cuántos kilómetros se calcula que podía tener aquella masa de tierra inmensa de costa a costa, pero imagino lo pavoroso de sus distancias interiores, de sus desiertos, de sus climas extremos… Y lo más pavoroso todavía de ese océano único e interminable que daría la vuelta al planeta, una circunnavegación sin escalas posibles, sin islas salvadoras ni puertos en los que abrigarse. Una disposición continental como aquella volverá un día, es la regla de este ir y venir dictado por las leyes físicas que gobiernan nuestro planeta. No sé si habrá humanos que puedan ser testigos de ello. Humanos obligados a descubrir y conquistar aquellas nuevas montañas.

Dicen que si el planeta fuera una esfera que pudiéramos abarcar con los brazos, al pasar el dedo notaríamos los continentes como una superficie suave y regular, no apreciaríamos al tacto ni siquiera la rugosidad de la gran cordillera del Himalaya. Sin embargo, para las insignificantes criaturas que formamos parte de la delgada cubierta de seres vivos sobre esa esfera, las montañas marcan nuestras vidas en muchos aspectos, condicionando el clima, los recursos naturales, las comunicaciones, la diversidad biológica, suponen el marco inmóvil y férreo que condiciona el paisaje. Y sin embargo se mueven, igual que el suelo que pisamos.

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