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Internet es una herramienta formidable que nos ha hecho cambiar nuestra percepción del mundo en muchos aspectos. Ha revolucionado nuestra vida cotidiana tanto como el desarrollo científico o tecnológico al abrir las puertas a un flujo de información que permite compartir datos y a veces el propio trabajo en tiempo real al margen de la distancia física que nos separe. Ante la cantidad abrumadora de información accesible, el problema puede ser, precisamente, ese exceso de información. Filtrar y contrastar se convierten en tareas inexcusables.

Contrastar la información antes de publicarla es un precepto básico del periodismo, algo así como el “primum non nocere” que nos atañe a los sanitarios. A veces, la urgencia por informar, el deseo de adelantarse a otros o incluso, en el peor de los casos, la intencionalidad malévola, pueden empujar a lanzar bulos difíciles de contener o de contradecir. Ese peligro se agranda hoy en día con la velocidad fabulosa a la que se generan y circulan las noticias. Los profesionales tienen que estar más alerta que nunca.

Hace unos meses murieron varios miembros de una familia sevillana debido a una intoxicación. Su situación de precariedad económica y el hecho de que algún supermercado del barrio abasteciera a veces a la familia con comida que iban a desechar (habría que ver si este dato era también cierto), desató una cascada de conjeturas que invadieron las redes sociales con comentarios indignados, plausibles en la coyuntura social y económica en la que nos encontramos. Finalmente, la intoxicación no fue de origen alimentario y se trató, según parece, de un lamentable error que llevó a la familia a la ingestión accidental de un insecticida. El gigantesco castillo de naipes construido en torno a este suceso se desmoronó sin el menor ruido, evaporado en el barullo de las redes sociales ocupadas en algún otro acontecimiento de mayor actualidad.

Ayer esas redes se hacían eco del desmentido de Magnus Midtboe sobre su encadenamiento de Neanderthal, la durísima vía de Chris Sharma en la cueva de Santa Linya (Lleida). Este portento noruego de la escalada deportiva comparte, dentro de un cuarteto de fenómenos, el privilegio de haber alcanzado el máximo grado escalado hasta hoy, 9b. Neanderthal, la vía en la que lleva varios meses trabajando con ahínco, es también 9b. Parece ser que una web publicó ayer que Magnus había logrado su objetivo y la noticia se extendió rápidamente por las redes sociales.

Estamos acostumbrados a ver circular noticias sospechosas cuya difusión se expande con efecto exponencial a pesar de, o precisamente gracias a, su tufo amarillista, noticias de origen incierto pero destino universal. Sin embargo, uno espera que los profesionales contrasten las noticias antes de divulgarlas. El origen de esta falsa noticia es también incierto, aunque los dedos acusadores señalan a una conocida web especializada como posible foco… a saber. Lo que está claro es que para una página web seria no hubiese sido muy difícil, en todo caso era lo preceptivo, haber contactado con el propio escalador antes de divulgar el encadenamiento de Neanderthal o, simplemente, consultar su página web personal.

Las prisas o el afán de protagonismo ponen en riesgo el rigor del trabajo periodístico. Siempre ha sido así pero, últimamente, el enorme potencial de las TIC hace que el riesgo se multiplique. Tengo la sensación de que las precauciones no lo hacen en la misma proporción.

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