Txindoki

t3El Txindoki sintetiza, para los guipuzcoanos, la idea de monte. Toda la esencia de ese concepto esta contenida entre sus aristas, de perfil escarpado se mire desde donde se mire. Larraitz, el emblemático destino previo a su ascensión, es una puerta abierta, casi literalmente. Es el lugar que muchos montañeros de la provincia tenemos señalado en nuestra biografía como el punto desde el cual comenzamos un día a asomarnos a la verdadera montaña.

Yo no recuerdo los detalles de la primera vez, fue seguro con mi padre, siendo muy niño, puede que en compañía de mi aitona, y en la nebulosa de recuerdos desdibujados, el único que tiene forma es el de la dificultad suprema de aquella última cuesta. He subido muchísimas veces al Txindoki. Lo he hecho desde muchos orígenes diferentes, por todas las rutas posibles, recorriendo sus transitados senderos, los sombríos bosques de sus rutas escondidas, caminando, corriendo o escalando, lo he subido bajo el sol despiadado de alguna tórrida tarde de verano y me he perdido en sus laderas bajo la ventisca, con nieve hasta la rodilla, como tantos otros montañeros.

t2Además, el Txindoki contiene en sus compactas paredes de roca caliza que custodian la cima por su vertiente Sur, un rincón magnífico para la escalada. La arista Oeste, que se dibuja desde una buena parte del Gohierri como una línea neta y atrayente entre sol y sombra, es una vía muy frecuentada, la forma más formidablemente divertida de alcanzar la cima de este querido monte.

Ayer estuve en el Txindoki con Xabi. Hicimos la Txema, una ruta estupenda, seguramente la escalada más redonda de estas paredes. Cuando salíamos por el diedro del último largo vimos que una cordada acababa de entrar en la vía. Cuál sería mi sorpresa cuando adiviné las figuras de Belén y Poto. Les esperamos e hicimos la cumbre juntos. He de decir que, para mí, escalar en el Txindoki supone, casi invariablemente, pasar por la cumbre.

t1Igual que no recuerdo la primera vez que subí al Txindoki, tampoco recuerdo la primera vez que hice la arista, pero sé también que fue con Poto y que yo tendría quince o dieciséis años. Aquella era una escalada recurrente y una de las más bonitas: hacerla al atardecer y llegar a la cima con la última luz del crepúsculo para dormir allí arriba, con las luces de Gipuzkoa entera a nuestros pies, hablando bajito, sentados con la nariz asomando por el agujero de nuestros sacos, es una de las experiencias que recuerdo con más emoción.

escLa Txema la hice, también en aquella época, con Xanti, un hermano de Poto. Fue una gran experiencia para ambos, que nos plantamos en la base con la incertidumbre de afrontar un reto deseado y la fascinación de nuestras miradas juveniles escrutando la ruta. Solo recuerdo que echamos a suertes, con una moneda, quién salía de primero, que solventamos el paso de salida con ayuda de un estribo y que, en el descenso, nos sentimos más “escaladores”.

Hoy la Txema es una vía más bonita que entonces, se ha enderezado la ruta, perfectamente protegida con equipamiento fijo, para recorrer las placas de magnífica caliza con pequeños agarres por los que hace cuarenta años ni soñábamos en subir. Hay alguna zona, más fácil, que se puede proteger con puentes de roca, e incluso algún fisurero o friend mediano si se quiere y la salida, antes el punto más difícil y expuesto, se hace en libre, bien protegido por tres parabolts.

Ayer, camino de la cima en compañía de Poto, pensaba que la felicidad debe de ser algo parecido a esto, poder seguir transitando aquellos placeres de la adolescencia que nos descubrieron el mundo, ya de mayores, no con la empañada mirada del recuerdo, sino a través del vívido estímulo de la experiencia presente.

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