Perseguidores de luces

p01bPrimer día de septiembre, siete de la tarde, el parking de Astún es un desierto, aparco y “me tiro al monte”, tengo tiempo de sobra para llegar a mi destino pero el viaje, a través de las pistas de esquí, no invita al deleite. Mientras gano metros en dirección al Malacara pienso que lo que hago es una gran mentira. Busco los paisajes más bellos que conozco, los más inmaculados, vestidos con las mejores luces, para llevarme a casa el recuerdo de algo que no existe o que existe, en todo caso, rodeado por basura.

Las nieblas de la vertiente Norte juegan en los collados tratando de invadir la otra ladera, llego a mi destino y el Midi permanece oculto, confío en que, a medida que la atmósfera se enfríe, las nieblas vuelvan al valle. A la hora mágica algunos girones se entretienen ante mí adornando el paisaje.

La vuelta es más grata, la oscuridad oculta lo que no quiero ver, al fondo del valle Astún tiñe las nieblas de una luminosidad fantasmal. La noche es templada y pienso que podía haberme quedado a dormir arriba, en el lago. Pero no, mañana al amanecer quiero estar en otro lugar.

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Hago los cálculos y, para estar allí, tengo que levantarme a las cuatro, eso supone dormir menos de cuatro horas. No pongo el despertador, veremos lo que pasa…

A las cuatro y cinco me despierto, ¿me apetece?, ¿no me apetece? Después de un bocadillo de chorizo, un par de rodajas de melón y un café con galletas, decido quitarme el pijama… ¡Apetece!

Durante un par de horas el mundo se reduce al círculo de luz de mi frontal, que ilumina el marcado sendero de la GR11 a lo largo de La Canal Roya. Llego a La Rinconada con las primeras luces y todavía me queda la última subida. Subo jadeando con el trípode que se me clava en la espalda y la pesada mochila, llego exhausto, por los pelos y a la carrera (ya lo decía Galen Rowell, para hacer buenas fotos en el monte, hay que correr a veces).

Cuando avisto el ibón, la cúspide del Grand Pic empieza a teñirse de rojo. Pero hoy toca el pico de Anayet, a eso he venido. A medida que me acerco, veo que hay un fotógrafo en plena faena justo en el lugar al que me dirijo. Un breve saludo y preparo los bártulos. ¡Justo a tiempo! Después de dos horas y cuarenta minutos de viaje, abro las patas del trípode y el espectáculo empieza con puntualidad: como una cortina que se despliega de arriba abajo, la cálida luz que he venido a buscar se enciende para mí (y para mi compañero) suavemente, iluminando toda la cara Este del Anayet, reflejada en el ibón.

Charlamos mientras hacemos fotos y nos intercambiamos referencias de dónde verlas (las mías en este blog, las de “suatroski”, en Flickr, ¡merece la pena echarles un vistazo!). La situación me da qué pensar: no puede ser que, después de haber dormido apenas cuatro horas y haber pateado de noche durante tres horas con esta molesta carga a la espalda, después de que este señor haya venido de víspera más cargado que yo y se haya instalado aquí con su tienda a esperar este momento, hagamos los dos exactamente la misma foto. Me gustan estas “postales” y el hecho de tener la mía propia, con toda la carga emocional que rodea la toma de una fotografía, me satisface, pero… ¡necesito algo más! Al fin y al cabo, estamos hablando de creatividad, ¿no?

De pronto, la veo: ¡esa piedra en la orilla puede aportar lo que estoy buscando!

El resto del día es un paseo al Vértice de Anayet y un descenso tranquilo por la otra vertiente. Al atardecer una sesión, no demasiado satisfactoria, para fotografiar la Pala de Ip y esta mañana otro paseo al amanecer entre Somport y Astún, bastante mejor, todo ello en compañía de Filo, que me sigue atenta a todas partes, me deja trabajar y cuida de mí si es preciso.

p05Han sido tres días magníficos de reencuentro con la cámara grande, que llevaba varios meses sin tocar (de hecho, lo he pagado con algún error de bulto, de esos que descubres cuando vuelves a casa) y de reencuentro también con esa bella pasión de la que tengo tanto que aprender, fotografiar el paisaje persiguiendo las luces, más que las cimas de las montañas y que exige mucho más de lo que parece, también en lo físico. Antes he hablado de postales pero, no hay como probar estas cosas para imaginar todo el trabajo de planificación, de intentos repetidos, todas las frustraciones, la experiencia y la perseverancia ante condiciones adversas que puede haber detrás de esas grandes fotografías con las que nos sorprenden los buenos fotógrafos de paisajes…

Perseguidores de luces, más que de cimas.

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Anayet

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Aspe y Zapatilla

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Anayet sobre el ibón

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Midi d’Ossau

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2 respuestas a Perseguidores de luces

  1. Miren dijo:

    ¡qué maravillas de fotos Rafa…!

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