El paisaje elemental

roca

Roca entre las olas (Jaizkibel)

Me gustan los paisajes desnudos, elementales. La sobriedad mineral de un lapiaz o la fría desnudez de los glaciares. Gustarme no es quizá el verbo apropiado, quizá me atraen, me impresionan, me sobrecogen; gustarme, como a todos, me gusta el hierbín mullido junto al lago, a la sombra de un hermoso abedul de montaña.

Sin embargo, cuando hago fotografías de paisaje (que para mí no deja de ser, simplemente, una forma de admirarlo), busco a menudo lugares desolados, desnudos, donde los dos ingredientes elementales, la roca y el agua en sus distintas formas, construyen un escenario que a priori podría ser simple pero es también, muchas veces, complejo y abigarrado.

Me gusta la alta montaña, me impresiona, me seduce. Pero me gusta también la austeridad de otros paisajes que, por distintas circunstancias, reflejan esa sobria combinación de elementos que despiertan a veces emociones tan profundas.

Agilkia es uno de esos lugares, un lugar lejano en el que el clima extremo hace palidecer la dureza de todo cuanto conocemos, incluso de lo que podemos imaginar. Un lugar en el que el frío es el frío de un lugar remoto de noche interminable en cuyo firmamento el sol es solo un punto apenas identificable y el calor el de un incendio devastador que todo lo consume. Tres años es la distancia que separa ambas estaciones en ese lugar. Ayer, cuando la sonda Rosetta dejó caer su módulo de aterrizaje sobre el cometa 67P/CG nos envío la foto de una montaña vista desde Agilkia. Una montaña de hielo y roca salvajemente desnuda.

cometa

Cometa 67P/CG (foto ESA)

Sin ir tan lejos, hay lugares próximos en los que las circunstancias se confabulan para desvestir el paisaje y ofrecernos la cruda estructura, el armazón desnudo que sirve de acomodo a la vida en el planeta. Y a veces están muy cerca. Voy a menudo a Jaizkibel. Los acantilados azotados por el oleaje forman parte de esos “paisajes elementales” y me resultan atractivos. Para llegar hasta allí debo pasar junto al Puerto de Pasajes, un paisaje industrial que a esas horas próximas al atardecer ofrece una versión fotográficamente atractiva, con sus estructuras, sus barcos, su maquinaria, bañados por la cálida luz de esas horas y adornados por múltiples luces artificiales. En ese viaje de apenas un cuarto de hora puedo recorrer el arco extremo entre la naturaleza básica, los elementos primigenios de roca y agua que fueron el principio y el destilado complejo y elaborado cuyo resultado vemos hoy.

Aquél cometa lejano es un fósil perdido, un ingrediente sobrante entre los retales de la construcción básica de nuestro sistema solar… el paisaje más elemental que quepa imaginar. Lo curioso es que es posible que albergue los ingredientes básicos para la receta de la vida.

Porque lo que llamamos principio no es, en este caso, sino el final de algo pasado…

círculo en el borde

Círculo en el borde (Arenisca de Jaizkibel)

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