No pudieron vencernos la palabra…

LeatherdaleHace unas semanas varios directivos del Club Vasco de Camping estuvimos en Madrid celebrando un acto de hermanamiento con la Sociedad Peñalara, el centenario club de montaña madrileño. Al día siguiente de la ceremonia oficial, guiados por varios miembros de ese club, hicimos una excursión al pico Peñalara.

Guardo un grato recuerdo de aquella agradable excursión de relieves amables, de los paisajes que descubrí a través de la limpia atmósfera sobre el mar de nubes que cubría los valles, de la animada conversación durante el almuerzo en la cantina de la estación de Cotos y, sobre todo, de la cálida acogida que nos dispensaron, la amabilidad y la calidad humana de nuestros anfitriones. Ese día contrajimos una deuda que trataremos de saldar esta próxima primavera. No hay mayor fuente de enriquecimiento que el conocimiento y, en ese aspecto, el viaje y la propia excursión resultaron enormemente satisfactorios: nuestros nuevos amigos nos dieron una lección muy interesante sobre sus montañas y sobre su historia.

Estos días la lectura de La lengua de los secretos me tiene absorto, inmerso en un tiempo, un escenario y unos personajes a los que me siento muy próximo. Me siento próximo porque son los míos o, mejor dicho, los de lala lengua de los secretos generación de mis padres: como mi madre y mi tío, el padre de Martín Abrisketa, el autor, vivió junto a sus hermanos el sufrimiento de la guerra y del exilio que se narran en la novela. Todos fueron evacuados en 1937 en el mismo carguero inglés, el Thornhill, desde Santander, aunque llegaron a destinos diferentes. La suerte, sin embargo, no fue igual para todos ellos: mis familiares viajaron al menos con su madre, a los Abrisqueta la guerra les robo también a sus padres durante ese doloroso periplo. La familia de mi madre pudo recomponer su historia sobre el dolor de la derrota siete años después, cuando mi abuelo salió de la cárcel de El Coto, donde cumplía condena. La Lengua de los secretos os descubrirá el final de una historia tan conmovedora como increíble, la de cuatro niños zarandeados por el destino, maltratados por la miseria y el horror de la guerra y aferrados, sin embargo, a la esperanza y al afecto. El afecto mutuo que les sostiene y el que les ofrecen los habitantes de Tenay, el pueblo francés que les alberga durante ese oscuro periodo de sus vidas.

Leyendo la historia de Martintxo Abrisqueta y sus hermanos, viviendo con ellos la incertidumbre, los bombardeos, el hambre, el miedo y la injusticia, han acudido a mi memoria unas bellas palabras: “…paisajes de una gesta prescindible/comienzo de una herida interminable/de silencio, de yugo, de “victoria”./Hoy me viene tu voz y me recuerda: no pudieron vencernos la palabra…” Estas palabras no vencidas, dedicadas al capitán Leatherdale por su familia, están grabadas en una placa protegida por un túmulo de piedras cerca de la cumbre de Peñalara. Nuestros amigos peñalaros nos la enseñaron y nos mostraron también los restos de las líneas de la defensa republicana de Madrid, allá, en lo alto de la sierra, donde José Pérez Leatherdale estuvo al mando de la 2ª compañía del Batallón Alpino del Guadarrama.

Martín Abrisketa nos habla en su novela del deber ineludible que le abruma, la necesidad de narrar la historia silenciada de sus mayores, de dar rienda suelta a esas palabras no vencidas…

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foto: Juancar Sanz

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