El atún de los Pirineos

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Edurne afila su cuchillo por enésima vez con un par de pasadas rápidas por el afilador, introduce la punta entre la piel y la carne y las despega con suavidad y precisión quirúrgica. Me encanta verle manipular el pescado, lo desescama sin aparente dificultad, lo trocea a tu gusto y retira las espinas como si tuviera un imán para sacarlas. Se lo he visto hacer cientos de veces desde hace veinticinco años y me sigue maravillando su destreza. Me gusta ver a la gente que trabaja con las manos.

Hoy me ha preparado una ventresca de un bonito de unos quince kilos que le he pedido para hacer un marmitako, un plato de origen arrantzale muy típico de la cocina vasca costera. La ventresca es la papada del bonito y el atún, la parte más jugosa y apreciada.

Pescar un bonito de la forma artesanal en la que lo hacen nuestros pescadores no es tarea fácil, además de la habilidad técnica y la estrategia (echar el cebo, despistar al banco de atunes con las mangueras de agua, pescarlos con la caña y subirlos a cubierta con ayuda del arpón), requiere un gran esfuerzo físico. Es una pelea cuerpo a cuerpo (con la ventaja evidente de la herramienta por parte del humano) entre dos pescadores y un animal, a veces de más de cuarenta kilos, que lucha a vida o muerte para que no lo saquen de su medio, fuera del cual está perdido. Cuando termina la costera del bonito, a Maximo, que normalmente es un tipo de constitución atlética, se le ve totalmente mazado. Además de las manos ásperas y poderosas de quien lleva en el oficio de la mar desde casi un niño, luce unos brazos de músculos definidos y un cuello apretado al que no le sobra un átomo de grasa.

Imagino la pelea del pez para evitar ser arrastrado, su estupor ante esa fuerza invisible que lo arrastra hacia arriba, su lucha desesperada hasta la extenuación y su sensación de impotencia y frustración mientras agoniza aleteando sobre la cubierta…

PARTE I (El atún de los Pirineos)

Según una leyenda que me han contado hace poco, apócrifa, por supuesto, existe un atún de los Pirineos (solo uno). El origen de la historia que ha dado lugar a la leyenda es más o menos el siguiente: una tarde un pescador aburrido rumiaba sus pensamientos sentado sobre una silla de camping a orillas del embalse de Lanuza, en el Valle de Tena, fija su mirada en el sedal de la caña que tenía delante. No era realmente un pescador experto, de hecho, se entregaba a esa distracción durante las tardes de veraneo en Sallent para tener una coartada frente a sus amigos, que insistían en llevarle al monte, ¡con las cuestas que hay alrededor de ese pueblo! Ese día parece que ocurrió algo excepcional: el pescador indolente apreció un ligero temblor en el hilo que se sumergía en las aguas inmóviles. De primeras no supo interpretar aquel extraño acontecimiento, en realidad era algo que no le había ocurrido nunca. Pero, mientras el temblor se repetía de manera espasmódica, tensando la pita y curvando la caña cada vez con más fuerza, recordó de pronto que, cuando veía en la tele, siendo joven, un programa que se llamaba “Jara y sedal”, estos temblores del hilo eran el signo que precedía a la captura de un pez. Un resorte primitivo, del que nunca antes había tenido conocimiento en su vida, hizo saltar de la silla al alelado pescador para abalanzarse sobre la caña y recoger carrete, borracho de adrenalina. Algo ahí abajo se resistía a ser izado con la fuerza de todos los monstruos abisales que él era capaz de imaginar, peleó resbalando sobre el suave hierbín de la orilla, perdiendo la simpática gorra que aliviaba su cabeza del sol inclemente de agosto, sudó, jadeó y de su boca salieron palabras nunca antes pronunciadas a medida que la lucha se hacía más y más violenta.

Lo que ocurrió después es algo que quedará para siempre envuelto en la ambigüedad de las leyendas misteriosas. A juzgar por las explicaciones balbuceantes a los amigos que lo encontraron, corriendo y tropezando camino a casa, sin gorra y con el cuerpo empapado en sudor, una monstruosa criatura con forma de pez, del tamaño de un atún, surgió de las aguas enganchada al anzuelo, dejando al pescador, según sus propias palabras, “petrificado”. Cuando consiguieron calmar a medias al pobre hombre, presa de semejante shock, le preguntaron por la pieza, obviamente, pero él solo repetía “petrificado, me he quedado petrificado”. Consiguieron llevar al lugar de los hechos a su amigo, no sin que opusiera cierta resistencia, hasta que, temblando, les señaló el punto en el que se encontraban sus pertenencias: la reluciente cesta de mimbre, una sombrilla de colores, un libro y la sillita de camping tirada en el suelo. Ni rastro de la caña. Tampoco de la presa cobrada con tantas penalidades. Al preguntarle por ella, el hombre solo repetía, “petrificado, petrificado”, en un estado de confusión que daba pena.

Tras sosegar en la medida de lo posible al pescador, recogieron los bártulos para acompañarle a casa, se los repartieron para el trayecto y al volverse la vieron allí… Contemplaron horrorizados una inmensa cabeza de atún surgiendo de las aguas del embalse, “petrificada” cerrando el horizonte sobre el pueblo, con su boca abierta apuntando al cielo… el atún de los Pirineos.

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PARTE II (El Pequeño Saltamontes)

Hace unas semanas, el Pequeño Saltamontes me dijo que había escalado una elegante vía que remonta una aguja accesoria de la pared de la Peña Foratata que cae sobre Sallent. La ruta asciende primero por una rampa con finas placas de adherencia sobre una caliza supercompacta y gana altura por una sucesión de diedros con pequeños techos hasta llegar a una horquilla al pie del largo clave: una bonita chimenea vertical visible desde abajo y que hiende el contrafuerte rocoso casi hasta la cúspide de la aguja, de la que se desciende con seguridad, pero con cuidado, caminando por una vertiginosa vira hasta el pie de las paredes.

Al preguntarle por la escalada, el Pequeño Saltamontes me hizo una descripción resumida, destacando las dificultades que tuvo en la chimenea en la que, tras luchar y contorsionarse un rato, entorpecido por el roce de la mochila y no viendo otra salida, tuvo que agarrarse a una cinta para salirse de la hendidura y proseguir. “Me acordé de ti”, me dijo, “seguro que Rafa aquí se arreglaría bien, pensé, este tipo de escalada se te da bien”. Y sonrió.

Aunque pueda parecerlo, el comentario no es para nada un elogio, se refiere en realidad al hecho de que la gente mayor aprendimos las técnicas de la protohistoria de la escalada, cuando la única forma de progresar en libre era a través de las debilidades que presentaba la roca: fisuras finas a las que agarrarse, más anchas en las que empotrar algún miembro, o más anchas todavía, en las que meterse y escalar “en oposición”, diedros de abrirse de piernas y a veces placas de poco agarre, siempre que estuvieran suficientemente tumbadas, eran las claves para la escalada libre. En cuanto la cosa se ponía tiesa, estribo al canto.

El problema es que eso que no era más que una observación curiosa, la de que uno pudiera estar más o menos familiarizado con una técnica, yo me lo tomé como un desafío, he de reconocer que la sonrisa que siguió al comentario influyó en ello: ¿Podrá el Maestro, valiéndose del arte y el conocimiento, superar la desbordante vitalidad y la fuerza del Pequeño Saltamontes?

Así que allí me fui, henchido de arrogancia, dispuesto a demostrar al Pequeño Saltamontes y a mí mismo que, por una vez, ser viejo puede ser una ventaja.

PARTE III (Xixili)

Hacía tiempo que Xixili me había propuesto escalar juntos estos días. El afecto que siento por su padre y el haberla visto crecer como escaladora hasta el octavo grado, desde que le calzamos por primera vez unos gatos, me permiten superar el pudor de escalar con una cría mucho más competente que yo sin sentirme grotesco atado a su cuerda. De vez en cuando hacemos alguna transacción de este tipo: ella me enseña (o mejor dicho, intenta enseñarme) esos misteriosos trucos gestuales de la escalada deportiva y yo le llevo a conocer montañas llenas de horizontes cargados de información nueva y excitante para ella. Me da pena que su padre no comparta ya esta vieja afición de juventud por encaramarse a las rocas, que tantos buenos recuerdos nos ha dejado.

Xixili se ha quedado con la única mochila que llevamos para los dos. Mientras encaja la cuerda en el Grigrí bebo un último trago de agua y estudio la chimenea desde la confortable reunión: mido su anchura, observo su orientación y trato de fijarme en las irregularidades de sus paredes tratando de descubrir posibles agarres o, sobre todo, apoyos para los pies. Creo que he descubierto el punto conflictivo, el punto en el que la chimenea, no muy ancha, se estrecha hasta no permitir el paso del cuerpo y donde me obligará a salir hacia la izquierda. El resto es coser y cantar.

La vía me ha gustado hasta aquí. Nos hemos encaramado fluyendo rápido y sin problemas al atún de los Pirineos, sobre el lago, disfrutando mientras saboreamos esta ventresca deliciosa y juguetona.

Me gusta ver a Xixili escalar con la agilidad de un joven sarrio. Su cuerpo liviano se mueve sobre la roca sin tocarla y de sus manos, cuando las estira, surgen agarres invisibles que desaparecen a su paso. Cuando llegas tú, allí donde ella se acaba de agarrar no hay nada. Pero nada. Ella me llama gordo y sufre cada vez que descanso en un seguro, colgado de su menudo cuerpo a través de la cuerda, cuando hacemos deportiva. No digamos si vuelo, cuando la levanto metro y medio del suelo. Eso sí, el sonido de sus alegres carcajadas me hace olvidar de inmediato la frustración de haberme caído.

Choco mi puño cerrado contra el de Xixili y avanzo. Me acuerdo del Pequeño Saltamontes y pienso que, en cuanto vuelva de esas lejanas montañas a las que ha ido, le contaré que pasé por la chimenea fluyendo ligero y seguro, pin pan, pin pan… Estoy absolutamente convencido. Motivado y perfectamente concentrado, llego a la parte más técnica, chapo, miro hacia arriba y lo veo fácil, adivino una regleta en la pared izquierda y observo justo delante de mí unas irregularidades engomadas que me servirán para el pie izquierdo.

Recuerdo la advertencia de la reseña: no meterse demasiado dentro de la chimenea. Así que empiezo a avanzar un poco por fuera, llego a la regleta inclinada con la mano derecha, un poco roma pero bastante ancha, apoyo el pie izquierdo en un garbanzo y, con la pierna derecha flexionada y perfectamente encajada, busco algo para la mano izquierda. Nada. Sigo buscando y no. Intento reptar con tres puntos de apoyo pero el pie izquierdo resbala. Otro intento, pero noto que el pie se me va a ir. Vale, cambio de estrategia, tengo que bajar un poco hasta un apoyo bueno y meterme un poco más, lo justo para que la regleta diagonal me dé para las dos manos. Maniobro hacia abajo y la ferralla que llevo en el lado derecho del arnés se desliza hacia arriba contra mi espalda mientras bajo como medio metro, sacudo el material y lo pongo bien. Estoy cómodo, descanso.

“¿Qué tal va?”, pregunta Xixili, “Bien, bien, tengo una buena regleta para las manos, lo intento un poco más adentro”. “Vale, se te ve muy sexy luciendo ese michelín”. Se me ha remangado la camiseta al arrastrarme hacia abajo y me la pongo bien. Nunca hay que perder la compostura.

PARTE IV (El pescador de atunes)

Vuelvo a la carga, esta vez un poco más adentro, lo que me permite alcanzar el agarre con las dos manos, la pierna derecha como antes y aunque el pie izquierdo resbala un poco, puedo hacer fuerza con las manos sin problemas. Me elevo hasta que el material que llevo colgado en el lado derecho tropieza en algún saliente de la pared, me muevo un poco para liberarlo y sigo, pero no gano altura por mucho que me estiro, vuelvo a bajar y, en una postura un tanto incómoda, suelto la mano derecha y le doy un meneo al material antes de volver a elevarme. Lo intento otra vez, reptando como puedo, pero algo me impide avanzar. Estiro el brazo derecho para ver si llego a la siguiente chapa. Me faltan veinte centímetros. Consigo colocar los pies un poco más arriba y hago fuerza para elevarme, pero siento que el reverso, o los mosquetones de seguridad, o las zapatillas que cuelgan del arnés, chocan con algo y no me dejan progresar.

Normalmente no soy excesivamente tozudo cuando escalo. Peleo los pasos lo justo. Prefiero hacer un movimiento limpio que arrastrarme resoplando de forma poco elegante. No me sirve pasar como sea, siempre pienso que habrá otra oportunidad para hacerlo bonito y lo dejo. Sin embargo, esta vez lucho con desesperación contra esa fuerza invisible y misteriosa, ajena a toda lógica, que me impide ir hacia arriba. Como el atún arrastrado por el anzuelo, lucho con todas mis fuerzas mientras noto que a cada nuevo intento mi energía empieza a consumirse. Ya no encuentro alivio al descansar, ni postura cómoda. Estoy al borde de la extenuación, a punto de claudicar para ser arrastrado sobre la cubierta del barco. Tras un último intento que me lleva exactamente al mismo punto, grito: ¡pilla! (El grito de los cobardes).

Cuando uno se deja sujetar por el asegurador al otro extremo, nota siempre la elasticidad de la cuerda, la detención nunca es en seco, como la he sentido esta vez. Hay algo raro en todo esto. Miro al parabolt del que cuelgo, detrás a mi derecha, y observo incrédulo que estoy enganchado al mosquetón de la cinta. ¡Maldita sea! La primera vez que he dado marcha atrás, el mosquetón de seguridad del reverso que cuelga del arnés se ha enganchado al de la pared. ¡He pasado diez minutos intentando progresar llevándome la montaña conmigo!

Agonizo finalmente sobre la cubierta, presa de esa sensación de impotencia y de frustración.

Me suelto del mosquetón, cojo un poco de aire y la mala hostia me hace ir para arriba sin pensar demasiado. Chapo el siguiente seguro, me agarro a la cinta y salgo de la chimenea de cualquier manera, resoplando tras la fatiga de este episodio tan tonto. Solo pienso en una cosa: borrar este largo de cuerda de mi biografía de escalador. No existe, nunca ha existido. Yo nunca he pasado por aquí. Sigo para arriba por terreno más fácil, llego bajo un pequeño techo, hago un movimiento a la derecha junto a una cinta que no utilizo y sigo para arriba por terreno algo desplomado pero con buenos agarres. Solo pienso en la mierda que he hecho. En cómo he arruinado el largo por un error tonto. Y sigo para arriba enrabietado, lleno de ira. Sin pensar en cuándo he chapado el último seguro.

Y de pronto, todo se pone en movimiento. Mi pie izquierdo, apoyado con descuido sobre la pared lisa, ha resbalado cayendo conmigo detrás.

PARTE V (Un vuelo reparador)

Siempre que he tenido un vuelo o he parado a un compañero al que aseguraba, he percibido esos instantes con una gran intensidad. Es verdad eso que se dice de que es como si el tiempo transcurriera más lentamente. Durante la fracción de segundo de este vuelo, me da tiempo a darme cuenta de que es más largo de lo previsto, siento que Xixili ya me tenía que haber parado y, sin embargo, sigo cayendo. Finalmente, unos cuantos metros más abajo que donde he resbalado, me detengo con la suavidad de una pluma que se posa en el suelo.

“¿Estás bien?” La voz de Xixili, con el casco ladeado y zarandeada entre la cuerda tensa de su autoseguro y la mía, suena un poco preocupada. “¡Perfectamente, nunca he estado mejor!”. Y es verdad, de repente es como si volviera a la realidad después de un sueño, de esos desagradables que tienes en la duermevela, sin llegar a dormirte del todo. De pronto las piezas vuelven a encajar y vuelvo a escalar una vía por el placer de escalar, de dibujar con mi cuerpo una línea improbable sobre el perfil de roca de una montaña, al margen de otras consideraciones. Las palabras del Pequeño Saltamontes se han diluido en la sangre del bonito, inmóvil ya sobre la cubierta, que se escurre mezclada con la espuma de las olas que vuelven al océano. Llevándose todo, la ira, la arrogancia, la ambición…

Subo rápidamente por la cuerda y llego al último seguro, sigo avanzando y paso junto a la cinta que podía haber chapado y no lo hice y un poco más arriba junto a la chapa que ni siquiera he visto al pasar y descubro ahora. Chapo y sigo hasta el punto del que me he caído, que no tiene absolutamente ningún misterio. Continúo hasta la reunión un poco más arriba. Xixili no sabe muy bien qué ha pasado, de hecho, piensa que el paso duro está donde me he caído. Preparo la reunión y le digo que suba: “Sube. Luego, delante de una cerveza, te cuento”.

EPÍLOGO

Sentados a la sombra en la terraza del bar, a salvo del calor asfixiante del mediodía, comentamos las incidencias de la jornada. La sonrisa ancha de Xixili y su verborrea, me indican que lo ha pasado bien, que, al fin y al cabo, compartir cuerda de vez en cuando con este viejo escalador de pacotilla, puede ser divertido. Eso me basta. Entre risas, me cuenta la leyenda del “atún de los Pirineos”, una historieta infantil inventada por su padre y que le fascinaba cuando era una niña.

Pienso en el atún que pelea hasta la extenuación contra una fuerza invisible que lo arrastra sin remedio y pienso en las palabras de mi Pequeño Saltamontes. Hoy me ha enseñado, quizá sin pretenderlo, una importante lección: la roca no es tu enemigo, la roca es el camino. Tu verdadero enemigo eres tú, contra quien debes luchar es contra tu arrogancia y tus propios errores.

“Be water my friend”, deja que fluya, no utilices la ira… y si encuentras una gorra de pescador en la Foratata, guárdala bien y piensa que es un objeto de leyenda.

Eskerrik asko, Pequeño Saltamontes.

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5 respuestas a El atún de los Pirineos

  1. Joseba Erkizia Itoitz dijo:

    Zer polita, Rafa. Ipuin zoragarri bat bezala irakurtzen da. Hik idatzi, guk irakurri.

  2. Joseba Erkizia Itoitz dijo:

    Faltan botatzen nian egun hauetan, naina garbi zegok lanean aritu haizela. Matxinsaltoarena bezalako pieza bat ez duk ordubetean idazten!

  3. Joseba Erkizia Itoitz dijo:

    Pirinioetako atuna baina arrantza zailagoak eginda gaudek gu. Ondo pentsatuta, baliteke atun hori izatea guk, arrantzan, Mediterraneoan gizendutako aleren bat; edo Pirinioetako arrantzalea bera gu hiruotako bat izatea ere😊

  4. Marilis dijo:

    Qué bien me lo he pasado leyendo! Y eso que no entiendo mucha de la jerga que utilizas…También he pasado miedo! Muchas “calaveras”
    Besos!

  5. Miren dijo:

    Precioso Rafa!!, la verdad es que da gusto leerlo

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