Eugenio Olaciregui

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Comet fue durante algo más de 100 años una tienda de bicicletas ubicada en la Avenida, una de las localizaciones comerciales privilegiadas de San Sebastián. Durante la década de los noventa Joseba y yo practicamos MTB con asiduidad, durante la semana por los montes que rodean Andoain y durante los fines de semana viajando con nuestras bicis, sobre todo a las sierras de Andia y Urbasa, ocasionalmente más lejos.

En 1992 compramos dos Spezialiced Stumpjumper en Iraola Sport, en Hendaya (en aquella época las bicis de importación eran difíciles de conseguir aquí y las nacionales no estaban todavía a la altura), y nos tiramos al monte para probar si, realmente, aquello funcionaba. ¡Joder que si funcionaba!, las pistas, los viejos caminos carreteros y los senderos que surcan nuestros montes, resultaron un terreno ideal para este juego que nos tuvo enfrascados durante más de diez años. El mantenimiento de aquella mítica Sumpjumper lo hacíamos en Leitz, una pequeña tienda de Andoain con mucho movimiento, que llegó a tener un equipo de MTB a finales de los noventa. Sin embargo, era también habitual que visitáramos Comet de vez en cuando, para comprar ropa o algún componente o pieza de recambio. La otra tienda de referencia era Miner, en Gros, donde Antonio cuidaba de mi bici de carretera, una de aquellas primeras Vitus de aluminio que hoy disfrutará algún amante de las bicis “vintage” (y de lo ajeno), después de que me la robaran.

Recuerdo el impacto paralizante que me causó ver a Eugenio Olaciregui mirándome desde aquella triste foto del periódico, después del atentado. Yo lo recordaba con su bata azul de mahón, rodeado de bicis en la tienda de la Avenida, buscando solícito esos tacos nuevos para el freno o esa cámara de repuesto.

Han pasado ya veinte años desde aquel 30 de enero, mi hermano acababa de salir del hospital con el diagnóstico de un tumor cerebral incurable. Aquel periodo es el más oscuro de mi vida, una sucesión de malas noticias y de experiencias dolorosas hasta la desesperación. Recuerdos escondidos bajo llave en algún recóndito lugar de mi memoria, donde trataré de mantenerlos encerrados mientras viva. Afrontarlos me produce hoy la misma angustiosa congoja que entonces. Rememorar sus palabras, los actos, los gestos, las miradas de aquel periodo, me resulta imposible. Me supera.

Y una buena parte del dolor y la desolación que aquel trance causaba, no procedía directamente del sufrimiento que él podía experimentar, sino del que la situación generaba en quienes le rodeaban: sobre todo mi cuñada, sus dos hijas y mi madre.

Eugenio Olaciregui tenía más o menos la edad de mi hermano. Y como mi hermano, tenía dos hijas de corta edad y una esposa joven. No podía dejar de pensar en ello mientras veía la cara descompuesta de Tonina tratando de encajar la información del médico tras cada visita, mientras llevaba a Maria de la mano a sus clases de violín, mientras sostenía en mis brazos a la pequeña Anne o cuando trataba de explicar a mi madre, de la forma menos dolorosa que podía, buscando recursos imposibles, que su primogénito se estaba muriendo sin remedio.

El 24 de junio, mientras enterrábamos a mi hermano en el cementerio de Hernani, en mitad de las fiestas del pueblo, engalanado como siempre con los rostros de sus héroes, no podía dejar de acordarme de Eugenio Olaciregui, asesinado pocos meses antes, ni de su familia. Puede parecer extraño que en un trance así de difícil y absorbente, mis pensamientos se desviaran de manera insistente hacia el recuerdo de una persona de la que tenía un conocimiento distante o de su familia, a la que no conocía en absoluto. Os diré el porqué.

Incluso en las situaciones más difíciles, esas que oscurecen el ánimo arrojándonos a los abismos más profundos, los seres humanos buscamos el consuelo de un gesto que, como una rendija en el muro, deje traspasar un tenue rayo de luz que sirva para inspirar una breve esperanza imaginaria o simplemente habilite un espacio de tregua donde aliviar el dolor por un momento. El único recuerdo positivo que tengo de aquellos seis terribles meses es el afecto que pude recibir por parte de muchísima gente, muchísima: familiares, amigos, conocidos, pacientes, vecinos, compañeros. Algunos cercanos, íntimos, que se afanan en sostenerte, pero también otros lejanos, casi desconocidos, que empatizan y se solidarizan, que asumen tu dolor porque lo han vivido o saben que un día lo vivirán, lo que convierte tu dolor en un dolor de todos. La escucha reposada y cálida, una mirada que se humedece, una mano que acaricia tu hombro, un abrazo y la convicción de que la fatalidad nos  ha puesto en ese trance, en contra de la voluntad y el deseo de quienes nos rodean. Toda situación al límite nos quita, pero a veces también nos da. Esta nos quitó mucho, nos cambió la vida, pero nos dio algo, al menos a mí me dio esa fe en la gente que me rodea. Me descubrió ese afecto. No es poco.

Por eso aquel 24 de junio, mientras veía a mi cuñada con la mirada perdida a través del cristal de la ventanilla, camino del cementerio, no podía dejar de pensar en la mujer de Eugenio Olaciregui, muerto no por la fatalidad de una enfermedad, sino por la voluntad expresa y razonada de una persona o un grupo de personas. Asesinado por la decisión perversa y consciente de alguien. Y pensaba en esa crueldad inaudita: después del asesinato y la pérdida, el desprecio y el abandono, en el mejor de los casos la indiferencia, de muchos de esos amigos, vecinos, conocidos, compañeros. Imaginaba la mirada perdida de aquella, tratando de afrontar como nosotros la ausencia, la complicada elaboración del relato a sus hijas, todo ello en un entorno frío, sin esa mirada solidaria o ese gesto compasivo más allá del estrecho círculo familiar.

Se habló mucho del motivo de la elección de Eugenio Olaciregui como víctima, como si eso fuera importante. Esta semana Ramon Etxezarreta habla en su columna, con muchísimo tino, sobre la necesidad ofensiva y preocupante de demostrar la ausencia de justificación para un atentado concreto, como si pudiera haber otros sí justificados. Y hace referencia, sin nombrarlo, a este asesinato.

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Una respuesta a Eugenio Olaciregui

  1. Joseba dijo:

    Oso gogoan diat nik ere Eugenio Olaciregui. Hitz gutxikoa bezain saiatua, saltzaile baino konpontzaile fina. Eta gogoan diat, baita ere, orduan jakin genuela emaztea eta alabak zituela. Ez zekiat zergatik, ez nian inoiz irudikatu bere lan ingurutik kanpora, dendatik kanpora. Baina, denok bezala, hark ere bere bizitza zian, noski, guk ezagutzen genion jendaurreko lan hartatik kanpora. Norbaiten hautu krudel eta hotz batez moztutako bizitza. Berrogei urtean jasan dugun amets gaizto terrorista honetan beste ehunka askorena bezalaxe.
    Oroitzapen goxoaz gogoratzen diat nik Eugenio Olaciregui. Sentipen hori, orduan ume ziren bi alaba haientzat aringarri izatea nahi niake, baina ezin diat imajinatu nola bizi edo eraman daitekeen halako burugabekeria basatiak sortutako minaren zama, aita motiborik gabe -ez baitago inoiz motiborik- eraila izatearen etena.

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