Dos paladas de tierra

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foto: MA Capapé

EL ESCALADOR (Julia Otxoa, relato del libro “Confesiones de una mosca”)

El escalador asciende sin cuerdas por la pared de roca, está solo, únicamente ayudado por sus manos que arañan cada mínimo punto de apoyo para seguir hacia lo alto. Es joven, pero al cabo de una hora de duro esfuerzo la fatiga comienza a presentarse en una debilidad creciente en sus brazos, en los cada vez más frecuentes calambres de sus piernas, que le ponen al borde de una caída que podría ser mortal desde esa altura y él lo sabe, pero sigue ascendiendo, aunque sus manos se equivoquen y se sujeten a puntos de apoyo que no lo son y las piedras soltándose de pronto le recuerden que está al límite de sus fuerzas y que no fue buena idea venir sin cuerdas. Mira hacia lo alto, le quedan escasos metros para llegar, allí en el borde del despeñadero, asomados, esperando que caiga como antes lo hicieron otros escaladores, expectantes le observan una veintena de buitres, en sus fijas miradas ansiosas la espera del festín.

El escalador sabe que no hay esperanza, el próximo intento puede ser la caída, siente que las fuerzas le han abandonado y ahora ni siquiera tiene ánimos para seguir, tan solo puede permanecer así sujeto en la pared vertical, agarrado a la roca hasta que los músculos aguanten. Bajar es imposible, ascender también. Entonces se acuerda de lo que tantas veces su padre le contó sobre la guerra en aquel lugar, de cómo en 1936, falangistas y requetés arrojaban, desde lo alto de este mismo Nacedero del Urederra en el que se encuentra ahora, a todos aquellos denunciados por “rojos”.
Sí, él ha visto mientras ascendía los huesos de todas aquellas personas, desperdigados, mezclados con las piedras de las torrenteras, enredados entre las ramas de los árboles que surgen de la pared rocosa, cráneos, tibias, manos… huellas blancas como actas notariales de un tiempo atroz.
Pronto sus huesos se mezclarán con todos ellos -piensa el escalador- tan solo un instante antes de despertar convertido en buitre, esperando ansioso junto con sus compañeros que ese diminuto escalador caiga al fin de una santa vez.

Hace unos días esa foto me asaltó, surgida por sorpresa de algún lugar en las redes. Como me ha pasado ya muchas veces, me sacudió devolviéndome a la memoria una realidad oculta apenas bajo dos paladas de tierra, en cualquier recodo de un camino, esta vez en Huesca. Hace unos meses fue en Dueñas (Palencia). Mientras paseábamos por sus calles, un hombre del lugar nos contó la historia de “La fosa de las mujeres” exhumada en Villamediana. La relación de muertos del bando republicano fue colocada en una fachada en 2008, frente al monumento, mucho más antiguo, con los nombres grabados de los muertos del bando nacional. Como ese mismo vecino nos contó, además de la diferencia de fechas, 1939 frente a 2008, de ambos recordatorios, había otra: los de la lista más antigua murieron todos en el frente, los de la moderna, en una cuneta, entre ellos, veinticinco mujeres.

Al ver la foto de Riglos y la fosa común, pensé en escribir poniendo en contraste mis recuerdos sobre ese lugar, en el que tan buenos ratos he pasado (y espero volver a pasar) y la triste pesadilla de ese pasado atroz, aplastado bajo la pesada losa del silencio. Ha querido la casualidad que hoy haya abierto el último libro de Julia Otxoa y este breve relato haya saltado a recibirme escarbando, como aquella imagen, la superficie de nuestra historia reciente, en este caso, en otro lugar de especial belleza, el Nacedero del Urederra, en la navarra Sierra de Urbasa.

Aunque, bien mirado, no tiene nada de casual. Esta España nuestra es así, un paisaje de cunetas ensangrentadas y de tapias de cementerio acribilladas.

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